CONTEXTO HISTÓRICO

 

Mary Somerville (1780-1872)

 

 

 

El siglo XIX es uno de los períodos claves de nuestra reciente historia dados los vertiginosos cambios sociales y políticos que en él se sucedieron. Sin embargo no puede concebirse este siglo como una unidad. En cuanto llega a su primera mitad se rompe y parece dejar atrás definitivamente los planteamientos opuestos entre clasicismo y romanticismo, dando paso al realismo.

Los clásicos permanecían mirando hacia el pasado en busca de modelos. Los románticos se habían rebelado contra el culto a la razón de los ilustrados y se movían en una evasión imaginaria, sus lemas eran "sentimiento, imaginación, invención, añoranza".

El Realismo es el culto al progreso, se intenta romper con todo lo viejo para construir un mundo nuevo fundado en lo concreto.

Un cambio tan radical en el pensamiento en tan corto período de tiempo se puede explicar con la revolución de 1848, el movimiento republicano en Italia, Austria y Alemania y, sobre todo, el impacto que sobre la vida cotidiana supuso la aparición de la máquina, base de la industria: el primer tren de viajeros entre Liverpool y Manchester, la puesta en marcha de la primera línea transatlántica, el comienzo del reinado del teléfono, el telégrafo y el sello de correos.

Para que la industria fuera avanzando necesitaba el desarrollo de los conocimientos prácticos, valorándose enormemente el trabajo investigador de los científicos e inventores.

Esta sociedad se sentía proyectada hacia el porvenir, plegada cada vez más a las exigencias del hombre al que considera siempre vencedor. Se deseaba en suma mejorar un tipo de vida que antes parecía inmutable, en una mezcla de ambición y esperanza.

Sin embargo ya hemos aprendido que todo progreso lleva asociado sus costes. Este avance desenfrenado de la industria se hizo a costa de una nueva clase social: los obreros asalariados, los proletarios que reemplazaban a los artesanos del pasado. Hombres, mujeres y niños sin distinción alguna permanecían por más de doce horas en las fábricas, en condiciones penosas y percibiendo jornales irrisorios. Las infraviviendas en las que se alojaban no les permitían llevar una vida digna y el avance material conseguido no iba acompañado de una progreso personal y moral.

Pronto, muchos de estos obreros comenzaron a organizarse de manera espontánea para exigir una mejora en sus condiciones de trabajo dando lugar a los primeros sindicatos. Los Trade Unions fueron autorizados en 1825, en Inglaterra, medio siglo antes que en el resto de Europa, en consonancia con su pionero desarrollo industrial. Entre sus reivindicaciones intentaban conseguir mejoras para las mujeres y niños, así como la reducción de la jornada laboral a diez horas diarias.

Las mujeres, por su parte, doblemente explotadas al tener que mantener el trabajo en la fábrica y las faenas domésticas, pasaron también a un plano más activo y tomaron conciencia de la necesidad de participar en las luchas sociales junto a sus compañeros.

Uno de los elementos con los que chocan frontalmente estas mujeres es la no existencia del derecho al voto. Las sufragistas, en especial las inglesas, comprenden que para estar en los espacios de decisión deben entrar en política. Un numeroso grupo de mujeres, burguesas sobre todo, protagonizan múltiples incidentes produciéndose incluso encarcelamientos y huelgas de hambre. En Estados Unidos, cuyo desarrollo industrial crecía a ritmo vertiginoso, el movimiento sufragista tuvo una importancia extraordinaria que repercutió en el Occidente europeo.