Para unos vivir es pisar cristales con los pies
desnudos; para otros vivir es mirar el sol frente a frente.
La playa cuenta días y horas por cada niño
que muere. Una flor se abre, una torre se hunde.
Todo es igual. Tendí mi brazo; no llovía.
Pisé cristales; no había sol. Miré la luna; no había
playa.
Qué más da. Tu destino es mirar las
torres que levantan, las flores que abren, los niños que mueren;
aparte, como naipe cuya baraja se ha perdido.
Los placeres prohibidos (1931)
Luis Cernuda, Poesía Completa,
Siruela, Madrid, 1993