Manifiesto
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Vicente Huidobro
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Después de lanzados los últimos manifiestos acerca de la poesía, acabo de leer los míos y, más que nunca, me afirmo en mis antiguas teorías. Tengo aquí los manifiestos dadaístas de Tristán Tzara, tres manifiestos surrealistas y mis artículos y manifiestos propios. Lo primero que compruebo es que todos coincidimos en ciertos puntos, en una lógica sobrestimación de la poesía y en un también lógico desprecio del realismo. El realismo en el sentido usual de la palabra, es decir, como descripción más o menos hábil de las verdades preexistentes, no nos interesa y ni siquiera lo discutimos, pues la verdad artística empieza allí donde termina la verdad de la vida. El realismo carece de carta de ciudadanía en nuestro país. Los manifiestos dadaístas de Tzara fueron tan comentados a su hora que no vale la pena volver sobre ellos. Además, son mucho más surrealistas -al menos en su forma- que los manifiestos surrealistas. Aparecieron para hacer un papel absolutamente necesario y bienhechor en un momento determinado en que era preciso demoler y luego despejar el terreno. Por su parte, los manifiestos surrealistas proclaman el sueño y la escritura automática. Según Louis Aragon el surrealismo habría sido descubierto por Crevel en 1919. Y Breton da la siguiente definición del surrealismo: "Automatismo psíquico puro mediante el cual uno se propone expresar el verdadero funcionamiento del pensar. Dictado del pensar ajeno a cualquier control de la razón." ¿Pero quién puede decir que es éste y no otro el verdadero funcionamiento del pensar? El vocablo "pensar" ya implica control. El pensar es la vida interior. Es, según Descartes, conocimiento, sensación, pasión, imaginación, volición. El pensar es memoria, imaginación y juicio. No es un cuerpo simple, sino compuesto. ¿Creéis que es posible separar, apartar alguno de sus componentes? ¿Podéis mostrar algún poema nacido de este automatismo psíquico puro del que habláis? ¿Creéis que el control de la razón no se lleva a cabo? ¿Estáis seguros de que estas cosas de apariencia espontánea no os llegan a la pluma ya controladas y con el pase-libre horriblemente oficial de un juicio anterior (tal vez de larga fecha) en el instante de la producción? Tal vez penséis haber simplificado y resuelto un problema que es mucho más complejo. Lo que sostengo es que no podéis aislar una de las facultades del pensar, que no podéis apartar la razón de las demás facultades del intelecto, salvo en el caso de una lesión orgánica, estado patológico imposible de producir voluntariamente. Desde el instante en que el escritor se sienta ante la mesa lápiz en mano, existe una voluntad de producir y (no juguemos con las frases) el automatismo desaparece, pues él es esencialmente involuntario y maquinal. Desde el instante en que os preparáis para escribir, el pensamiento surge controlado. El automatismo psíquico puro -es decir, la espontaneidad, completa- no existe. Pues todo movimiento, como lo dice la ciencia, es transformación de un movimiento anterior. Sois víctimas de una apariencia de espontaneidad. Sé que hay otros estetas que han sostenido idénticas teorías. No creo que ignoréis que todo esto ha sido objeto de discusiones desde hace algunos siglos. El italiano Vico decía en su Scienza Nuova, publicada en Nápoles en 1725, que "mientras más débil es el razonar más robusta habrá de ser la fantasía". Y, sin ir tan lejos, Henri Bergson escribía, veinte años atrás, que "el sueño es la vida mental completa", ya que durante el sueño desaparecen toda tensión y esfuerzo, pues es la precisión que exige el coordinar la que obliga a esforzarse. Platón decía del poeta: "No cantará nunca sin cierto transporte divino, sin cierto suave furor. Lejos de él la fría razón; desde que quiere obedecerle, se acaban los versos, se acaban los oráculos." Creo que ello es evidente. Lejos del poeta la fría razón; pero hay otra razón que no es fría, que mientras el poeta trabaja se halla al unísono con el calor de su alma, y de la que pronto hablaré. Estamos ante una sencilla confusión de planos. Supongamos, incluso, que pudierais producir este automatismo psíquico puro, que pudierais disociar la conciencia a voluntad, ¿quién podría probaros que vuestras obras son superiores?, ¿qué con ello éstas ganan en vez de perder? Para qué dar tanta importancia a esta semipersonalidad (pues el automatismo sólo reside en los centros corticales inferiores) y no dársela a nuestra personalidad total y verdadera. ¿Acaso creéis que un hombre dormido es más hombre -o menos interesante- que uno despierto? No niego la existencia de los actos automáticos, pero ellos son precisamente los actos habituales, es decir, los más vulgares. Al pensar en algo importante, podéis arreglaros automáticamente el nudo de la corbata, sin que este gesto pase más allá de los centros cerebrales secundarios. Pero si pensáis en repetir dicho gesto, él ya se os ha hecho consciente, y el juicio y el control han intervenido. Cuando se repite varias veces un acto complicado, tiende a hacerse automático. Lo mismo ocurre en el dominio del espíritu. E igual cosa para los sueños. La característica del sueño consiste en la anulación de la voluntad. Esto no impide, desde luego, el que persistan otras actividades psíquicas. Pero, desde el instante en que queráis expresarías por escrito, la conciencia entra instantáneamente en el juego. No hay modo de evitar esto, y lo que escribáis no habrá nacido de un automatismo psíquico puro. Aunque no os hayáis dado cuenta, una buena dosis de control se os habrá mezclado al discurso. Sé que el automatismo entra en gran medida en la producción de las obras de arte; pero éste no es el automatismo del impulso que proclamáis sino el de la inspiración. Y los psicólogos hallan gran diferencia entre ambos. Ahora bien, esta manera de escribir, consistente en dejar correr la pluma bajo el impulso de un dictado automático que brota del sueño, les quita al poeta y a la poesía toda la fuerza de su delirio natural (natural en los poetas), les arrebata el misterio racial de su origen y de su realización, el juego completo del ensamble de las palabras, juego consciente, aun en medio de la fiebre del mayor lirismo, y que es lo único que apasiona al poeta. Si me arrebataran el instante de la producción, el momento maravilloso de la mirada abierta desmesuradamente hasta llenar el universo y absorberlo como una bomba, el instante apasionante de ese juego consistente en reunir en el papel los varios elementos, de esta partida de ajedrez contra el infinito, el único momento que me hace olvidar la realidad cotidiana, yo me suicidaría. Mi vida está pendiente de ese momento de delirio. Encuentro que lo demás no vale la pena de sufrirlo. El poeta no tiene en su vida ningún otro placer comparable al estado de clarividencia de las horas de producción. Por tanto, si vuestro surrealismo pretende hacernos escribir como un médium, automáticamente, a la velocidad de un lápiz en la pista de las motocicletas y sin el juego profundo de todas nuestras facultades puestas bajo presión, jamás aceptaremos vuestras fórmulas. Considero inferior vuestra poesía, tanto por su origen como por sus medios. Hacéis que la poesía descienda hasta convertirse en un banal truco de espiritismo. La poesía ha de ser creada por el poeta, con toda la fuerza de sus sentidos más despiertos que nunca. El poeta tiene un papel activo y no pasivo en la composición y el engranaje de su poema. Si seguimos vuestras teorías caeremos en el arte de los improvisadores. Todos los improvisadores actúan conforme a vuestros principios. No son los amos sino los esclavos de su imaginaría mental. Se dejan llevar por un dictado interno y el resultado es un rosario de fuegos fatuos que sólo toca nuestra sensibilidad epidérmica, nuestros sentidos más externos. No, por favor; es demasiado fácil, demasiado banal. La poesía es algo mucho más serio, mucho más formidable, y surge de nuestra superconciencia. Tal como dije en mis conferencias de Buenos Aires, de Madrid, de Berlín, de Estocolmo y de París, en el teatro de la plaza Rapp, en enero de 1922, "el poema creacionista sólo nace de un estado de superconciencia o de delirio poético". Voy, pues, a definir qué entiendo por superconciencia. La superconciencia se logra cuando nuestras facultades intelectuales adquieren una intensidad vibratorio superior, una longitud de onda, una calidad de onda, infinitamente más poderosa que de ordinario. En el poeta, este estado puede producirse, puede desencadenarse mediante algún hecho insignificante e invisible, a veces, para el propio poeta. En el estado de superconciencia la razón y la imaginación traspasan la atmósfera habitual, se hallan como electrificadas, nuestro aparato cerebral está a alta presión. La posibilidad de ponerse en ese estado sólo pertenece a los poetas, y no hay nada más falso que aquel refrán que dice: "De poeta y loco todos tenemos un poco." El ensueño poético nace generalmente de un estado de debilidad cerebral;(1) en cambio la superconciencia, el delirio poético, nace de una corteza cerebral rica y bien alimentada. En el delirio -que es mucho más hermoso que el ensueño- sigue estando controlada la razón (éste es un hecho comprobado por la ciencia), control que no existe en el sueño natural. Dicho control no es el de la fría razón de que habla Platón, sino el de una razón elevada hasta la misma altura, puesta en el mismo plano de la imaginación. El delirio es una especie de convergencia intensiva de todo nuestro mecanismo intelectual hacia un deseo sobrehumano, hacia un impulso conquistador de infinito. El delirio es irreal, absolutamente irreal en la vida. Pero es una realidad para quien lo produce y para quienes logran alcanzarlo, impregnarse de su atmósfera. Es decir, es una realidad en un plano diferente al ordinario. Es una realidad en ese plano extrahabitual que llamamos Arte. El delirio es la facultad que tienen algunas personas de excitarse naturalmente hasta el transporte, de poseer un mecanismo cerebral tan sensible que los hechos del mundo exterior pueden ponerlos en dicho estado de fiebre y alta frecuencia nemónica. La razón le sigue. La razón le ayuda a organizarse en la creación de ese hecho nuevo que él está produciendo. Paralelamente a la imaginación, en el delirio la razón sube hasta las grandes alturas en que la atmósfera terrestre se rarifica y se necesitan pulmones especiales para respirarla, pues si ambas no se hallan de acuerdo la razón se ahogará. Esta razón controla, esta razón aparta los elementos impuros que querrían mezclarse a los demás para estar en buena compañía. Ella es el tamiz y la organizadora del delirio, y sin ella vuestro poema sería una obra impura, híbrida. Y mientras que el ensueño pertenece a todo el mundo, el delirio sólo pertenece a los poetas. Una misteriosa conjunción de hechos, tan libres en su origen como en su causa inmediata, desata en el alma del poeta todo un mecanismo de juego de campanas a percusión, y la máquina se pone en marcha, cargada de millones de calorías, de esas calorías químicas que transforman el carbón en diamante, pues la poesía es la transmutación de todas las cosas en piedras preciosas. En suma: el estado de ensueño existe, nadie lo discute, todos los poetas lo conocen y ha sido proclamado tanto por los buenos como por los malos. He aquí como lo definía Sully Prudhomme, que no era un faro: "Contemplación interior de una sucesión de estados de conciencia asociados espontáneamente. La atención del soñador es maquinal e inconsciente, no le cuesta esfuerzo alguno; se parece a la del espectador que se halla cautivado por una escena dramática. Sólo consiste en una acomodación espontánea del espíritu a su objetivo, tal como el ojo se acomoda al suyo" Pero el estado de
ensueño nada tiene que ver con el dictado automático ni con
el sueño, y dicho estado de ensueño inconsciente vosotros
lo cortáis, lo detenéis de inmediato en el instante en que
queréis expresarle. El ensueño libre, al perder su espontaneidad,
se transforma en ensueño sometido y lleno de grandes dosis de pensamiento
regulador.
La nuit rentre dans un sac (2)O: Dans le ruisseau il y à une chanson qui coule.(3)Dos imágenes de una banalidad espantosa y de una relación tan fácil como que una se basa en el lugar común La noche como boca de lobo y la otra en el clisé El canto del agua. Sin ser poeta pueden hallarse tales imágenes. Prefiero mucho más aquella mía que encontraréis en Horizon Carré, que dice: La nuit sort de sous les meubles,(4)y en mi poema Adán, escrito en 1914, refiriéndome al mar: No se sabe si es el agua la que produce el cantoSin embargo, de ningún modo las pondría como ejemplo al hablar de imágenes que no presentan ni el menor grado de premeditación. El vocablo premeditación me hace pensar en el problema del origen de las imágenes, problema que apenas bosquejamos hace un momento al hablar del automatismo psíquico puro. ¿De dónde procede el bagaje poético del poeta? ¿En qué época penetraron sus componentes en su cerebro? He aquí lo que deberíamos conocer y lo que no es posible saber. Nuestros cinco sentidos, como hormigas, parten por el mundo en busca de los alimentos que cada uno, entrando por su propio agujero, vendrá a depositar en su casillero particular. Las pequeñas hormigas depositarán su botín en él. ¿Pero recordamos qué día entraron? ¿Sabemos cómo las controló nuestra razón? Incluso mediante la más sutil y continua gimnástica introspectiva (pienso en la introspección bergsoniana), llegaremos a descubrir alguna vez el verdadero origen de todos esos residuos, de todas esas combinaciones en estado latente, sin fecha posible, que bullen en el fondo de nuestro cerebro y se multiplican como bacilos en cultivo. Pues en nuestro alambique espiritual, en constante ebullición, existen los que Loeb y Bohn llaman "fenómenos asociativos y sensibilidad diferencial" y la razón, a cada instante, mete su cuchara en este alambique de asociación y contrastes; y tal vez cuando proclamáis lo fortuito y lo arbitrario estáis como nunca lejos de ambos. No creo que las páginas más hermosas de la literatura hayan sido producidas bajo un dictado automático. Estoy convencido, incluso, de que las que parecen más locas provienen, por el contrario, de momentos en que nuestra conciencia se halla plenamente despierta. Cuando Ben Jonson en Volpone o el Zorro hace decir al viejo Volpone: Tus baños se harán en esencia de alhelíes, en espíritu de rosas y de violetas, en leche de unicornio, en aliento de pantera conservada en una caja y mezclada con vino de Creta. Beberemos oro y ámbar hasta que el techo gire hasta darnos vértigo", Ben Jonson no ha visto esto en un sueño, sino que su fiebre lírica ha subido por grados, su delirio se ha caldeado por etapas hasta permitirle hallar (mediante todas sus facultades) aquellos baños de aliento de pantera. Jamás olvidaré el gesto de admiración y las exclamaciones de Apollinaire cuando le mostré, durante la guerra, una tarde que comía en mi casa, esas admirables páginas de Ben Jonson, el dramaturgo inglés que tanto influyera en Shakespeare. Asimismo, cuando era estudiante, recuerdo haber subrayado páginas de Rabelais, asombrosas por su falta de sentido, por su voluntaria y buscada falta de sentido, que producían, no obstante, una perturbación especial en el espíritu, muy cercana a las perturbaciones que debe producir la más alta poesía. Sin duda recordáis, queridos amigos, el discurso del señor de Baiscul en el capítulo IX del Pantagruel: Precisamente pasaban seis blancos entre los dos trópicos, hacia el cenit y la malla, tanto más que los montes Rifos habían sufrido aquel año una gran esterilidad de embustes a causa de una sedición de cuchufletas que estalló entre los Barragüinos y lov Accursieros a propósito de la rebelión de los suizos que se habían reunido en el número de tres, seis, nueve y diez para ir al muérdago de año nuevo el primer día del año, cuando se lleva la cena a los bueyes y la llave del carbón a las jovencitas para dar la avena a los perros. Durante toda la noche no se hizo más (con la mano sobre la olla) que despachar mensajeros a pie y a caballo para retener los barcos; pues los sastres no querían confeccionar restos robados. Una cerbatanaque, por el momento, estaba embarazada de una ollada de coles, según la opinión de los hacinadores de henos, pero los físicos decían que en su orina no reconocían ningún signo evidente. Al paso de la aventurada,Dad también una mirada al discurso pronunciado por el señor de Humevesne ante Pantagruel: Si
un pobre diablo acude a las piezas de baño para hacerse maquillar
el hocico con bosta de vaca o para comprarse botas de agua, los
sargentos que trasladan a los soldados de la ronda reciben el caldo
de alguna lavativa o la materia fecal de una silla perforada en
la cabeza. ¿Debemos, no obstante, cortar las mamas y freír
las escudillas de madera? A veces pensamos en lo uno, pero
Dios hace lo otro, y cuando el sol se ha puesto todos los animales
están a la sombra. No quiero que se me crea esto último
si no se lo pruebo a la gente en forma violenta y en pleno
día.
Y la respuesta de Pantagruel:Considerar la horripilación del murciélago declinando valerosamente del solsticio estival para echar un requiebro a los cuentos de vieja que tuvieron el alfil del peón debido a las malvadas vejaciones de los lucífugos nicticoraces que se hallan bajo o el clima romano de un crucifijo a caballo que engafaba una ballesta con los riñones, el pedigüeño tuvo razón de calafatear el galeón que la buena mujer hinchaba, con un pie calzado y el otro desnudo, reembolsándole, bajo y tieso en su conciencia, tantas tonterías como pelos hay en dieciocho vacas y otras tantas para el bordador. Igualmente es declarado inocente del caso especial de las metrequeferías en que todos pensaban que había incurrido, de lo que no podía alegremente defecar, sobre la decisión de un par de guantes perfumados, de pedorreras a la candela de nuez, a la usanza de su país de Mirebalais, aflojando la bolina con las broncíneas balas de cañón cuyos pinches de cocina amasaban contestablemente sus legumbres roídas de lirón a todas las campanillas de gavilán hechas en punto de Hungría que su cuñado llevaba memorablemente en un canasto limítrofe bordado con hocicos con tres cabríos descaderados de canabaserías, a la perrera angular de donde sacan el papagayo vermiforme con el plumero. En las citas que acabáis
de leer, es lo insólito, lo sorpresivo, lo que nos conmueve y disloca.
Esta piedra que Eurípides llama magnética, y el pueblo heracleana, no sólo tiene el poder de atraer anillos de hierro, sino también el de comunicar su fuerza a los propios anillos, que pueden, como ella, atraer a otros; y a menudo puede verse una larga cadena compuesta de anillos suspendidos, a la que únicamente el amante presta la virtud que los sostiene. Del mismo modo la Musa transporta a los poetas hasta el entusiasmo; los, poetas, por su parte, la hacen descender hasta nosotros, formándose, así, una cadena de inspiración. Luego agrega que los grandes poetas deben "las bellas creaciones de su genio a una llama celeste, a un dios", y pocas líneas después defiende la verdad poética diciendo: Los poetas líricos no nos engarzan cuando nos hablan de todo aquello que su imaginación les hace ver. En la época
en que yo apuntaba mis meditaciones acerca de la poesía, ignoraba
las teorías del poeta Saint-Pol-Roux, pero ya un fluido secreto
me llevaba hacia él. Por esto hablé a menudo de él,
y cité muchas veces sus poemas, leídos en antologías,
y me indignaba sobre todo contra Reny de Gourmont, quien, con una
falta de respeto única, traducía sus imágenes al lenguaje
vulgar y osaba establecer una tabla de estas mismas imágenes con
un igual a de una impertinencia e ingenuidad intolerables.
Geómetra
es lo absoluto, el arte va ahora a fundar comarcas, comarcas que
sólo participarán del universo tradicional por su
único recuerdo básico, comarcas en cierta forma registradas
bajo una rúbrica de autor; y estas comarcas originales donde
la hora será dada por los latidos del corazón del
poeta, donde el vapor estará constituido por su aliento, donde las
tempestades y las primaveras serán sus alegrías y
sus penas, donde la atmósfera será el resultado de
su fluido, donde las ondas expresarán su emoción, donde las
fuerzas serán los músculos de su energía, y de
las energías subyugadas, estas comarcas, digo, el poeta
en un patético parto las amoblará con la población
espontánea, con sus tipos personales.
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