Conversación con un inspector 

de impuestos sobre poesía

Vladimir V. MAIAKOVSKI

¡Ciudadano inspector de impuestos! Perdone que le moleste. Gracias.... no se preocupe.... me quedaré de pie.

Mi asunto es de carácter delicado:

sobre el lugar del poeta en una sociedad de trabajadores.

Junto con los propietarios de tiendas y propiedades agrícolas, estoy sujeto también a impuestos y penalizaciones.

Me reclama usted quinientos por el semestre

y veinticinco por no presentar mi declaración.

Mi trabajo es como cualquier otro trabajo.

Fíjese: mire qué pérdidas he tenido,

qué gastos tengo en mi producción,

y cuánto se gasta en materiales. Usted sabe, por supuesto, lo del fenómeno llamado «rima». Supongamos que un verso acaba con la palabra «giro»;

entonces, dos versos después, repitiendo las sílabas,

ponemos algo así como «tiroriro».

En el lenguaje, la rima es como un pagaré

que vence dos versos después —ésa es la regla—.

Y uno busca la calderilla de sufijos e inflexiones

en la saqueada caja de las declinaciones y conjugaciones.

Empieza uno incrustando una palabra en un verso,

pero no encaja —se la fuerza y se rompe—.

Ciudadano inspector de impuestos, le doy mi palabra:

las palabras le cuestan al poeta mucho dinero.

En nuestro lenguaje la rima es un barril:

un barril de dinamita. La rima es una espoleta.

El verso se deshace hacia el final y estalla:

y la ciudad salta al cielo volada en una estrofa.

¿Dónde va a encontrar, y con qué tarifa de valoración,

rimas que apunten y maten de un solo disparo? Quizá queden cinco o seis rimas sin usar solamente en algún sitio como Venezuela.

Y así tengo que visitar países cálidos y fríos.

Allá me precipito, enredado en pagos sobre anticipos y préstamos.

¡Ciudadano! Admítame mis gastos de viaje.

La poesía toda ella es un viaje a lo desconocido.

La poesía es como sacar radium de la tierra:

por cada gramo se trabaja un año.

Por una sola palabra se gastan

miles de toneladas de ganga verbal.



 
VERSIÓN: José Mª Valverde