Si nosotros, no encontramos palabras bastantes para
denigrar la bajeza del pensamiento occidental, si nosotros no tememos entrar
en conflicto con la lógica, si nosotros somos incapaces de jurar
que un acto realizado en sueños tiene menos sentido que un acto
efectuado en estado de vigilia, si nosotros consideramos incluso posible
dar fin al tiempo, esa farsa siniestra, ese tren que se sale constantemente
de sus raíles, esa loca pulsación, este inextricable nudo
de bestias reventantes y reventadas, ¿cómo puede pretenderse
que demos muestras de amor, e incluso que seamos tolerantes, con respecto
a un sistema de conservación social, sea el que sea? Esto es el
único extravío delirante que no podemos aceptar. Todo está
aún por hacer, todos los medios son buenos para aniquilar las ideas
de familia, patria y religión. En este aspecto la postura surrealista
es harto conocida, pero también es preciso se sepa que no admite
compromisos transaccionales. Cuantos se han impuesto la misión de
defender el surrealismo no han dejado ni un instante de propugnar esta
negación, de prescindir de todo otro criterio de valoración.
Saben gozar plenamente de la desolación, tan bien orquestada, con
que el público burgués, siempre innoblemente dispuesto a
perdonarles ciertos errores «juveniles», acoge el deseo permanente
de burlarse salvajemente de la bandera francesa, de vomitar de asco ante
todos los sacerdotes, y de apuntar hacia todas las monsergas de los «deberes
fundamentales» el arma del cinismo sexual de tan largo alcance. Combatimos
contra la indiferencia poética, la limitación del arte, la
investigación erudita y la especulación pura, bajo todas
sus formas, y no queremos tener nada en común con los que pretenden
debilitar el espíritu, sean de poca o de mucha importancia. Todas
las cobardías, las abdicaciones, las traiciones que quepa imaginar
no bastarán para impedirnos que terminemos con semejantes bagatelas.
Sin embargo, es notable advertir que los individuos que un día nos
impusieron la obligación de tener que prescindir de ellos, una’
vez solos se quedaron indefensos y tuvieron que recurrir inmediatamente
a los más miserables expedientes para congraciarse con los defensores
del orden, todos ellos grandes partidarios de conseguir que todos los hombres
tengan la misma altura, mediante el procedimiento de cortar la cabeza de
los más altos. La fidelidad inquebrantable a las obligaciones que
el surrealismo impone exige un desinterés, un desprecio del riesgo
y una voluntad de negarse a la componenda que, a la larga, muy pocos son
los hombres capaces de ello. El surrealismo vivirá incluso cuando
no quede ni uno solo de aquellos que fueron los primeros en percatarse
de las oportunidades de expresión y de hallazgo de verdad que les
ofrecía. Es demasiado tarde ya para que la semilla no germine infinitamente
en el campo humano, pese al miedo y a las restantes variedades de hierbas
de insensatez que aspiran a dominarlo todo [...]
Nuestra adhesión al principio del materialismo
histórico... Verdaderamente no se puede jugar con estas palabras.
Si dependiera únicamente de nosotros -con eso quiero decir si el
comunismo no nos tratara tan sólo como bichos raros destinados a
cumplir en sus filas la función de badulaques y provocadores, nos
mostraríamos plenamente capaces de cumplir, desde el punto de vista
revolucionario, con nuestro deber. Desgraciadamente, en este aspecto imperan
unas opiniones muy especiales con respecto a nosotros; por ejemplo, en
cuanto a mí concierne, puedo decir que hace dos años no pude,
tal como hubiera querido, cruzar libre y anónimamente el umbral
de la sede del partido comunista francés, en la que tantos individuos
poco recomendables, policías y demás, parecen tener permiso
para moverse como don Pedro por su casa. En el curso de tres entrevistas,
que duraron varias horas, me vi obligado a defender al surrealismo de la
pueril acusación de ser esencialmente un movimiento político
de orientación claramente anticomunista y contrarrevolucionaria.
Huelga decir que no tenía derecho a esperar que quienes me juzgaban
hicieran un análisis fundamental de mis ideas. Aproximadamente en
esta época, Michel Marty vociferaba, refiriéndose a uno de
los nuestros: «Si es marxista, no tiene ninguna necesidad de ser
surrealista. » Ciertamente, en estos casos, no fuimos nosotros quienes
alegamos nuestro surrealismo; este calificativo nos había precedido,
a nuestro pesar, tal como a los seguidores de Einstein les hubiera precedido
el de relativistas, o a los de Freud el de psicoanalistas. ¿Cómo
no inquietarse ante el nivel ideológico de un partido que había
nacido, tan bien armado, de dos de las más sólidas mentes
del siglo XIX? Desgraciadamente, los motivos de inquietud son más
que abundantes; lo poco que he podido deducir de mi experiencia personal
coincide plenamente con las experiencias ajenas, Me pidieron que presentara
a la célula «del gas» un informe sobre la situación
dominante en Italia, y especificaron que únicamente podía
basarme en realidades estadísticas (producción de acero,
etc.), y que debía evitar ante todo las cuestiones ideológicas.
No pude hacerlo.
El surrealismo se ocupa y se ocupará constantemente,
ante todo, de reproducir artificialmente este momento ideal en que el hombre,
presa de una emoción particular, queda súbitamente a la merced
de algo «más fuerte que él» que le lanza, pese
a las protestas de su realidad física, hacia los ámbitos
de lo inmortal. Lúcido y alerta, sale, después, aterrorizado,
de este mal paso. Lo más importante radica en que no pueda zafarse
de aquella emoción, en que no deje de expresarse en tanto dure el
misterioso campanilleo, ya que, efectivamente, al dejar de pertenecerse
a sí mismo el hombre comienza a pertenecernos. Estos productos de
la actividad psíquica, lo más apartados que sea posible de
la voluntad de expresar un significado, lo más ajenos posible a
las ideas de responsabilidad siempre propicias a actuar como un freno,
tan independientes como quepa de cuanto no sea la vida pasiva de la inteligencia,
estos productos que son la escritura automática y los relatos de
sueños ofrecen, a un mismo tiempo, la ventaja de ser los únicos
que proporcionan elementos de apreciación de alto valor a una crítica
que, en el campo de lo artístico, se encuentra extrañamente
desarbolada, permitiéndole efectuar una nueva clasificación
general de los valores líricos, y ofreciéndole una llave
que puede abrir para siempre esta caja de mil fondos llamada hombre, y
le disuade de emprender la huida, por razones de simple conservación,
cuando, sumida en las tinieblas, se topa con las puertas externamente cerradas
M «más allá», de la realidad, de la razón,
M genio, y M amor. Día llegará en que la generalidad de los
humanos dejará de permitirse el lujo de adoptar una actitud altanera,
cual ha hecho, ante estas pruebas palpables de una existencia distinta
de aquella que habíamos proyectado vivir. Entonces, se verá
con estupor que, pese a haber tenido nosotros la verdad tan al alcance
de la mano, hayamos adoptado en general, La precaución de procurarnos
una coartada de carácter literario, en vez de adoptar la actitud
de, sin saber nadar, tirarnos de cabeza al agua, sin creernos dotados de
la virtud del Fénix penetrar en el fuego; a fin de alcanzar aquella
verdad.
André
Breton, Segundo Manifiesto del Surrealismo (1930)
En: Arturo Ramoneda, "Antología
de la Literatura Española del siglo XX"
SGEL, Madrid, 1988
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