Ultraísmo. El vocablo calificador de
una tendencia literaria no existía. No había por qué
buscarlo en el Diccionario de la Academia. Tampoco relacionarlo con el
plus ultra de Carlos V y de las naves colombinas. Utraísmo era sencillamente
uno de los muchos neologismos que yo esparcía a voleo en mis escritos
de adolescente. Cansinos-Asséns se fijó en él, acertó
a aislarlo, a darle relieve. En torno al autor de El pobre baby (una de
sus narraciones poemáticas más felices) se agrupaban entonces
algunos de los escritores movidos por un afán ayor de novedad -no
digo los mejores-. Su amable entusiasmo, su benevolencia con lo nuev o
hacían afluir a su tertulia nocturna (alternando on la de Ramón
Gómez de la Serna en Pombo), e la madrugada más bien, en
un café céntrico de Madrid, entre hampones de la bohemia
y galeotes del periodismo, a algunos poetas jóvenes. Quizá
en aquellas reuniones -yo no era asiduo- comenzó a cundir la voz
ultraísmo. El hecho es que Cansinos-Asséns se posesionó
del término. Y Ultra tituló un breve manifiesto escrito por
él, a cuyo pie un buen día del otoño de 1918 encontré
con sorpresa mi firma -pues nada se me había anunciado o consultado-
junto con la de otros siete jóvenes, de tres de los cuales (Fernando
Iglesias, Pedro Iglesias Caballero y J. de Aroca) nunca se tuvo ninguna
noticia literaria, pues se limitaban a ser contertulios de las reuniones
de Cansinos-Asséns. Otro, Xavier Bóveda, llevaba y siguió
llevando distinto rumbo literario; solamente los tres restantes (César
A. Comet, Pedro Garfias, J. Rivas Panedas) sí escribieron en las
revistas uItraístas. Cansinos-Asséns, por su parte, se inhibía
como firmante, pero con el fin de destacar en primer plano su ambicionado
papel de guía, nombrándose en el primer párrafo del
documento, redactado con estilo de gacetilla anónima.
Historia de las literaturas de Vanguardia
Guadarrama, Madrid, 1971
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