Diego de Torres y Villarroel
Escritor y poeta español, nació en Salamanca en1696 y murió después de 1758. Fue de humilde cuna, pues su padre, Pedro de Torres, tenía un puesto de libros en aquella docta ciudad, y su madre, Manuela de Villarroel, era hija de u n lencero. El continuo comercio con los libros y el trato con muchos de los que los escribían hicieron al librero hombre culto y de buen criterio, pues viendo que su hijo Diego despuntaba en ingenio y afición al cultivo de las letras, hizo cuanto estuco en su mano para procurarle una esmerada y provechosa educación, y no fue poco sacrificio en el honrado mercader, pues estaba condenado a los trabajos del mundo con la cadena de 18 hijos. El joven Diego entró en el estudio de un gran helenista y rígido maestro llamado Juan González de Dios, de cuya clase pasó al Colegio Trilingüe, para ingresar después, merced a una beca que le consiguió su padre, en la famosa universidad salmantina. Así como el mozo era despierta de inteligencia y mostraba excepcionales condiciones para el estudio, era también de carácter atolondrado y travieso, que no consiguieron domar las autoridades de la disciplina escolástica, y así el mismo hubo de reconocerlo cuando escribió las memorias de su vida en un párrafo que dice: "Empecé con furia implacable a meterme en cuantos desatinos y despropósitos rodean las inclinaciones de los muchachos. Aprendí a bailar , a jugar a la espada y la pelota, a torear y a hacer versos, y paré todo mi ingenio en discurrir diabluras y enredos par librarme de la reclusión y las tarea en que se deben emplear los buenos colegiales de aquella casa. Abría puertas, falseaba llaves. hendía candados, y no se escapaba de mis manos pared, puerta ni ventana en donde no pusiese las disposiciones de falsearla, romperla o escalarla. Al cabo pudo en él más el espíritu aventurero que el buen propósito de ser hombre de provecho, y dejó su casa y su patria para escaparse a Portugal, donde, cambiando su nombre propio por el de Gabriel Giliberto, fué soldado, ermitaño, buhonero y pícaro. Desengañado por las contrariedades sufridas en su azaroso vivir, determinose a tomar la vuelta a España, y como tan sumiso parece que venía, halló gran consuelo en recogerse en el estudio. Entonces empezó a publicar, con el título satírico de Gran Piscator de Salamanca, imitando los pronósticos del Gran Piscalor Sarrabal de Milán, sus famosos almanaques, con los que ganó fama y provecho. En una de estas curiosas publicaciones es en donde predijo, cerca de medio siglo antes de que ocurriera, la Revolución francesa en la siguiente décima:
| Cuando los mil contarás | ||
| con los trescientos doblados | ||
| y cincuenta duplicados | ||
| con los nueve dieces más, | ||
| entonces, tú lo verás, | ||
| mísera Francia, te espera | ||
| tu calamidad postrera | ||
| con tu Rey y tu Delfín, | ||
| y tendrá entonces su fin | ||
| tu mayor gloria primera. |
Su espíritu inquieto y andariego, amigo de aventuras, volviole otra vez a la mayor penuria, siéndole preciso vivir a costa ajena, en las casas principales del reino, según él mismo declarara. Por espacio de dos años fue huésped de la condesa de los Arcos; pasó luego a serlo del marqués de Almarza, hasta que, merced a los consejos del presidente del Consejo de Castilla, que sabía estimar el talento de TORRES, hizo oposiciones a la cátedra de matemática de la Universidad de Salamanca, que alcanzó y desempeñó con mayor celo del que hacía esperar su condición, poco hecha a sufrir reglas ni disciplinas. Luego de su vuelta de Portugal hubo de sujetarse al trabajo par poder vivir y llevó una existencia harto miserable en Madrid, siendo bordador en seda en una tienda portátil de la Puerta del Sol, y luego visitador del tabaco en Salamanca; tuvo pensamiento de hacerse fraile, pero, afortunadamente, conoció a tiempo que carecía de la vocación necesaria para honrar los hábitos, y cambió de idea, pensando que le iría mejor en ser contrabandista; pero su carácter irresoluto y mal acondicionado tampoco aceptó este arbitrio, y al fin todo quedó en atender, como queda dicho antes, las prudentes advertencias del presidente del Consejo de Castilla y acogerse a la cátedra salmantina. Cundo ya parecía haber logrado su definitivo asiento en aquellas celebérrimas aulas por tantos ingenios honradas, la fama de su condición nada blanda vino a arrojarle otra vez a tierra extranjera, pues acaeció que, habiendo un su amigo herido a cierto sacerdote, temiendo que por la intimidad que le unía al agresor se le creyera cómplice, se fugó a Francia, pasando luego a Portugal, en donde permaneció tres años hasta que fue reconocida su inocencia y pudo volver a disfrutar de su cátedra, a la que de allí en adelante, y a la redacción de sus almanaques, pronósticos y versos, vivió consagrado, aunque, como siempre con poca abundancia de dinero, pues su carácter dispendioso y derrochador no le abandonó jamás; él mismo reconocía este defecto, cuando escribe en el memoria de su Vida: "Pudiera ser rico con mis ahorros; pero siempre andan iguales los gastos y las ganancias: He derramado entre mis amigos, pariente, enemigos y petardistas más de cuarenta mil ducados... En veinte años de escritor he percibido más de dos mil ducados cada año, y todo lo he repartido, sin tener a la hora en que esto escribo más repuesto que algunos veinte doblones, que guarda mi madre, que ha sido siempre la tesorera y repartidora de mis trabajos y caudales..." En los últimos años de su vida, sin abandonar el desempeño de su cátedra ni la devoción de las musas, fue administrador de las casas de Alba y Miranda. Nació Torres en un tiempo en que las letras españolas habían perdido el esplendor que tuvieron en el siglo precedente; si algo mantenía su nombradía era gracias a que todavía en el repertorio escénico privaban las buenas comedias de Lope, Calderón, Moreto y Tirso de Molina; pero la poesía lírica, que tan gloriosa fue en los tiempos pasados, estaba en la más completa decadencia, con todos los resabios de mal gusto que heredó de la escuela culterana. Uno de los pocos poetas que todavía conservaban algo el buen nombre de las memorias pasadas era Torres y Villarroel. Aunque contaminado de la corrupción literaria, se mantuvo, siempre que le fue posible, dentro del más puro clasicismo castellano, tomando como ejemplo el estilo satírico de Quevedo, a quién imitó con sin igual destreza en la pintura de costumbre. Sus obras principales son las siguientes: Anatomía de lo visible e invisible de ambas esferas; Sueños morales y visitas de D. Francisco de Quevedo; Tratados físicos y morales; Vida natural y católica; El ermitaño y Torres; La cátedra de morir; Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras de Diego de Torres Villarroel, su mejor obra en prosa, de la que se publicaron los cuatro trozos primeros (1743), otras cinco ediciones el mismo año y tres más hasta 1792; Quinto y sexto trozo de la vida...; Los desahuciados del mundo y de la gloria. Piscator salmantinus, pronósticos o almanaques que publicó desde 1721 hasta 1753; Extracto de los pronósticos del Gran Priscator de Salamanca desde el año 1725 hasta el 1753; Ocios políticos en poesías de varios metros del Gran Piscator de Salamanca; Diálogo entre un sordo médico y un vecino gangoso;... Se le deben, además, infinidad de poesías líricas, satíricas y morales.
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