Condillac, Étienne Bonnot, abate de (1715-1780)




Filósofo francés, nacido en Grenoble. Estudió en Lyon con los jesuitas, en Saint-Sulpice y La Sorbona, y se ordenó sacerdote en 1740, pero sintiéndose más bien hombre de letras, se dedicó al estudio de la filosofía, impulsado por Jean Le Rond d'Alembert, primo suyo. Fue amigo de los ilustrados y él mismo fue un ilustrado, que difundió en Francia las ideas de Locke y se opuso al racionalismo. Sus primeras obras filosóficas de importancia son Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos (1746) y Tratado de los sistemas (1749). Pero su obra fundamental es Tratado de las sensaciones (1754), obra en la que sostiene que todos los conocimientos y todas las facultades humanas provienen de los sentidos, o mejor de las sensaciones. En 1758 es enviado a Parma por Luis XV, como preceptor de su sobrino Fernando de Borbón, hijo de los duques de Parma, y allí permanece hasta 1767 y escribe Curso de estudios para la educación del príncipe, en trece volúmenes.
 
 



Teoría sobre las sensaciones.

He olvidado prevenir al lector acerca de algo que hubiera debido decir, y quizá repetir, en diversos lugares de esta obra; pero espero que la confesión de este olvido compense las repeticiones sin tener sus inconvenientes. Advierto, pues, que es muy importante colocarse exactamente en el lugar de la estatua que vamos a observar. Es preciso comenzar a existir con ella, no tener más que un solo sentido cuando ella sólo tiene uno, no contraer sino los hábitos que ella contrae; en una palabra, es preciso ser sólo lo que ella es. La estatua juzgará las cosas como nosotros sólo cuando tenga todos nuestros sentidos y toda nuestra experiencia, y nosotros juzgaremos con ella sólo cuando supongamos que estamos privados de todo lo que le falta. [...]

Para cumplir con este objeto, imaginamos una estatua organizada interiormente como nosotros y animada por un espíritu privado de toda clase de ideas. Supusimos, además, que el exterior de mármol no le permitiría el uso de ninguno de sus sentidos, y nos reservamos la libertad de despertarlos, según nos pluguiera, a las diferentes impresiones de que son susceptibles.

Creímos conveniente comenzar por el olfato, pues de todos los sentidos es el que parece contribuir menos a los conocimientos del espíritu humano. Los demás fueron luego objeto de nuestras investigaciones posteriores y, después de haberlos estudiado separada y conjuntamente, vimos que la estatua se convertía en un animal capaz de velar por su propia conservación. [...]

La estatua, limitada al olfato, no puede conocer más que olores.

1. Los conocimientos de nuestra estatua, limitada al sentido del olfato, sólo pueden extenderse a los olores. No puede concebir las ideas de extensión, de figura ni de nada que esté fuera de ella o fuera de sus sensaciones, ni tampoco las ideas de color, de sonido o de sabor.

Con relación a sí misma, la estatua no es más que olores.

2. Si le presentamos una rosa, nuestra estatua es, con relación a nosotros, una estatua que huele una rosa, pero con relación a sí misma no es más que el olor de esa flor.

En consecuencia, es olor de rosa, de clavel, de jazmín, de violeta, conforme a los objetos que actúen sobre su órgano. En una palabra los olores sólo son para ella sus propias modificaciones o maneras de ser, y nuestra estatua no podría creer que es otra cosa, ya que éstas son las únicas sensaciones de que es susceptible.

No tiene ninguna idea de materia.

3. Que los filósofos a quienes parece tan evidente que todo es material se coloquen, por un momento, en lugar de la estatua e imaginen cómo podrían sospechar que existe algo que se parezca a lo que llamamos materia.

No es posible mayor imitación en los conocimientos.

4. Por consiguiente, podemos estar convencidos de que bastaría aumentar o disminuir el número de sentidos para que formuláramos juicios enteramente diferentes de los que hoy nos parecen tan naturales; y nuestra estatua, limitada al olfato, nos permite formarnos una idea de la clase de seres cuyos conocimientos son los menos extensos de todos.
Tratado de las sensaciones, Eudeba, Buenos Aires 1963, p. 60-68.
 

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