Rousseau, Jean-Jacques (1712-1778)

Filósofo suizo, ilustrado y romántico, nacido en Ginebra. Su madre, Suzanne Bernard, muere a los pocos días de haber dado a luz, y su padre, Isaac Rousseau, le educa en casa leyendo con él novelas sentimentales y las Vidas de Plutarco, pero cuando por causa de un duelo se ve obligado a exiliarse de Ginebra para evitar la cárcel, abandona al pequeño Jean-Jacques de diez años de edad, que es acogido por su tío y enviado a vivir a pensión, junto con su propio hijo, en casa de un clérigo, donde recibe por primera vez una cierta educación escolar. Vuelto a Ginebra, entra a trabajar como aprendiz de escribano y de grabador. Cuatro años más tarde, en 1728, abandona su casa y Ginebra, tras llegar tarde a la ciudad y ver de lejos cómo se le cierran las puertas, y a sus dieciséis años se lanza al mundo aventuradamente.

En Annecy, Saboya, es acogido por un clérigo, que lo recomienda a una conversa al catolicismo, Mme. de Warens, quien a su vez lo envía a un catecumenado en Turín, donde abandona el calvinismo y es bautizado como católico; sirve como criado durante un tiempo en esta ciudad, y finalmente vuelve con Mme. de Warens, con quien establece una amistad materno-filial, que con el tiempo se transforma en amorosa y apasionada.

Transcurren diez años de lecturas, estudios, obras literarias de poca monta, aventuras, viajes, rupturas y regresos a Annecy, hasta que se produce la ruptura definitiva con la mujer que hasta entonces le había dado estabilidad emocional. Marcha a París, donde presenta a la Academia de Ciencias un Proyecto concerniente a nuevos signos para la música, que es rechazado; compone la ópera Les Muses galantes, Mme. d´Épinay lo introduce en el ambiente distinguido y es nombrado secretario de embajada en Venecia.

Vuelve a París en 1744 y comienza su trato con los philosophes, Diderot y d´Alembert sobre todo, y su colaboración en artículos para la Enciclopedia; conoce por esta época a Thérèse Levasseur, una mujer analfabeta a quien toma por compañera para toda la vida y con quien tendrá cinco hijos que serán depositados todos en la Maternidad pública. En 1749 va a visitar a Diderot, que se encuentra en la cárcel de Vincennes, y por el camino lee en el «Mercure de France» la convocatoria de un premio de moral por la Academia de Dijon, sobre el tema Si el establecimiento de las ciencias y las artes han contribuido a depurar las costumbres.

Su respuesta en forma de un «no» decidido, como crítica a los valores culturales de la sociedad  de su tiempo y a los ideales ilustrados, constituye su primera obra importante, Discurso sobre las ciencias y las artes,  premiada por la Academia y publicada en 1750. Aquí comienza el itinerario filosófico de Rousseau. La temática de esta primera obra es causa de una intensa polémica, que le da celebridad y que le obliga, hasta cierto punto, a proseguir por la misma línea. Tras decidir ganarse la vida como copista de música, se reconcilia con el protestantismo y con la ciudad de Ginebra y publica alguna ópera (Le Devin du village); en 1754 escribe Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, también como respuesta a una nueva convocatoria de la Academia de Dijon, que se pregunta «Cuál es el origen de la desigualdad entre los hombres y si la ley natural la justifica»; esta segunda obra, de mayor profundidad filosófica que la primera, no resulta premiada, pero Rousseau la publica en Amsterdam, en 1755, y la dedica a la república de Ginebra. En ella apunta la idea central del pensamiento de Rousseau: hallar en uno mismo aquella parte de naturaleza que la sociedad todavía no ha empeorado. Voltaire le comunica que ha recibido este «nuevo libro contra el género humano», y se lo agradece. Su actitud de negación y de reformador le hace sentirse incómodo en París, y acepta que su amiga Mme. d´Épinay le ceda su casa de campo, el Ermitage, para retirarse; allí trabaja intensamente, y lo hace luego en Mont-Louis à Montmorency y más tarde en el Petit-Château de Montmorency, donde permanece seis años. Durante este período, alterado por los vaivenes amorosos y las amistades rotas (con Diderot, con Voltaire), Rousseau escribe Carta a Voltaire sobre la providencia (1756) -en respuesta a su Poema sobre el desastre de Lisboa-, Cartas morales a Sofía (1757-1758), Carta a d´Alembert sobre los espectáculos (1758) -en respuesta a un artículo de éste, «Ginebra», en la Enciclopedia -, Julia o la nueva Eloísa (1756-1760) -tras enamorarse de su sobrina Sophie d ´Houdetot-, Emilio (1759-1761), El contrato social (1760-1761) y Cartas autobiográficas a Malesherbes (1762). Es la época de su mejor producción literaria, pero sus obras, sobre todo EmilioEl contrato socialson rechazadas en Francia y, por la primera de ellas, se le ordena prisión. Rousseau, privado ya de influencias y amigos, ha de huir a Suiza. Pero Ginebra prohíbe también Emilio y El contrato social y los envía a la hoguera; otros países, ciudades o universidades prohíben asimismo sus obras, y Rousseau se refugia en Môtiers-Travers, en Neuchâtel, bajo la protección de Federico II de Prusia; adopta desde entonces el traje armenio, y allí escribe Carta a Christophe de Beaumont (1763), en la que defiende las ideas de La profesión de fe de un vicario saboyano, incluida en el libro IV de Emilio, condenado por el arzobispo de París. En Cartas escritas desde la montaña (1764) rechaza el trato que la ciudad de Ginebra otorga a sus obras. La hostilidad contra él va creciendo por doquier: su casa es apedreada por incitación del cura de Môitiers; se marcha a la isla de Saint-Pierre y, finalmente, acepta la invitación de David Hume, amigo suyo, para trasladarse a Inglaterra. Instalado primero en Chiswick, en 1766, pasa luego a Wooton, pero las tensiones y el temor que lleva dentro hacen que se sienta perseguido y desconfíe incluso de Hume, y huye angustiado de Inglaterra volviendo a Francia con el nombre de Renou. Vaga por Francia, se casa civilmente con Thérèse Levasseur, en 1768, y se establece en París en 1770 donde permanece hasta 1778; vuelve a copiar música, clasifica hierbas y escribe sobre botánica Mientras tanto ha publicado Confesiones (1767-1771), escritas en buena parte durante su estancia en Inglaterra, y escribe y no acaba Las meditaciones de un paseante solitario . Se traslada en 1778 a Ermenonville, al castillo del marqués de Girardin, donde muere de apoplejía. El 9 de octubre de 1779, por decisión de la Asamblea Constituyente, sus restos son trasladados al Panteón.
 




 

Si el establecimiento de las ciencias y las artes han contribuido a depurar las costumbres

El restablecimiento de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a depurar o a corromper las costumbres? Eso es lo que se trata de examinar. ¿Qué partido debo adoptar ante esa cuestión? (...) Comprendo que será difícil apropiar lo que tengo que decir al tribunal en el que comparezco. ¿Cómo atreverse a censurar a las ciencias ante uno de los más sabios senados de Europa, elogiar la ignorancia en una célebre Academia, y conciliar el menosprecio del estudio con el respeto a los verdaderos sabios? He visto esas dificultades, pero no me han arredrado. No ataco a la Ciencia -me dije-; defiendo la Virtud ante hombres virtuosos. La probidad es aún más cara a las gentes de bien que la erudición a los doctos. ¿Qué he de temer entonces? ¿La ilustración de la asamblea que me escucha? (...)

(...) Antes de que el arte hubiese moldeado nuestros modales y enseñase a nuestras pasiones a hablar un lenguaje adecuado, nuestras costumbres eran rústicas, pero naturales; y la diferencia de las conductas denunciaba inmediatamente la de los caracteres. En el fondo la naturaleza humana no era mejor; pero los hombres hallaban su seguridad en la facilidad de conocerse recíprocamente; y esa ventaja, cuyo valor ya no apreciamos, les evitaba muchos vicios. Hoy cuando las investigaciones más sutiles y un gusto más refinado han reducido a principios el arte de agradar, reina en nuestras costumbres una deformidad vil y engañosa, y todos los espíritus parecen haber sido echados en el mismo molde; (...) no nos atrevemos a parecer lo que somos; y en esta contención perpetua, los hombres que forman el rebaño llamado sociedad, colocados en las mismas circunstancias, harán todos las mismas cosas si motivos más poderosos no los apartan de ellas. (...) No hay ya amistades sinceras, ni estimación real, ni confianza fundada. Las sospechas, los recelos, los temores, la frialdad, la reserva, el odio y la traición se ocultarán siempre bajo el velo uniforme y pérfido de la cortesía, bajo esa urbanidad tan elogiada que debemos a la ilustración de nuestro siglo. No se profanará ya mediante juramento el nombre del Señor del Universo; pero se le ofenderá con blasfemia, sin que nuestros escrupulosos oídos se sientan ultrajados. No se alcanzará el mérito propio; pero se rebajará el ajeno. No se insultará groseramente al enemigo, pero se le calumniará hábilmente. Los odios nacionales se extinguirán, pero junto con el amor a la Patria. La despreciada ignorancia será sustituida por un perjudicial pirronismo. Habrá excesos proscritos y vicios vilipendiados, pero otros se adornarán con el nombre de virtudes; y habrá que tenerlos o aparentarlos. Elógiese cuanto se quiera la sobriedad de los sabios de este tiempo; yo sólo veo en ella un refinamiento de intemperancia tan indigno de un elogio como su artificiosa sencillez. (...) Opongamos a esos cuadros el de las costumbres del reducido número de pueblos que, preservados de ese contagio de vanos conocimientos, han hecho por sus virtudes su propia felicidad y son ejemplos para otras naciones. (...) Pueblos: sabed de una vez para siempre, que la naturaleza ha querido preservarnos de la ciencia, como una madre arranca un arma peligrosa de manos de su hijo; que todos los secretos que os oculta causan tantos males cuantos quiere evitaros, y que el trabajo que tenéis para instruiros en ella no es el menor de sus beneficios. Los hombres son perversos; serían mucho peores aún si tuvieran la desgracia de nacer sabios.

!Qué humillantes son estas reflexiones para la Humanidad! !Cuán mortificado debe quedar nuestro orgullo! ¿Acaso la probidad sería hija de la ignorancia? ¿Serán incompatibles la ciencia y la virtud? (...) La astronomía ha nacido de la superstición; la elocuencia, de la ambición, del odio, de la adulación, de la mentira; la geometría, de la avaricia; la física, de una vana curiosidad; todas, incluso la moral, del orgullo humano. Las ciencias y las artes deben su nacimiento a nuestros vicios: tendríamos menos dudas acerca de sus ventajas si lo debieran a nuestras virtudes.
El defecto de su origen se ve reforzado en sus objetos. ¿Qué haríamos de las artes sin el lujo que las nutre? Sin las injusticias de los hombres ¿para qué serviría la jurisprudencia? ¿Qué sería de la historia si no hubiese tiranos, guerras ni conspiradores? ¿Para qué serviría, en una palabra, pasarse la vida en estériles contemplaciones, si cada uno, considerando únicamente los deberes del hombre y las necesidades de la naturaleza, sólo dedicara el tiempo a la Patria, a los desventurados y a los amigos? ¿Estamos hechos, pues, para morir al borde del pozo de donde se ha retirado la verdad? Esta sola reflexión debería desanimar, desde los primeros pasos, a cualquiera que seriamente tratara de instruirse mediante el estudio de la filosofía. (...) Si nuestras ciencias son vanas en el objeto que se proponen, son aún más peligrosas por los efectos que producen. Nacidas en la ociosidad, la nutren a su vez (...) es el primer perjuicio para la sociedad (...) todo ciudadano inútil puede ser considerado como un hombre pernicioso. (...) esos vacuos y fútiles declamadores van por doquier provistos de sus funestas paradojas, socavando los cimientos de la fe, aniquilando la virtud. Sonríen desdeñosamente al oír la viejas palabras de “Patria” y de “Religión”; y dedican su talento a su filosofía y a destruir y vilipendiar cuanto hay de sagrado entre los hombres. (...)
(...) No es posible reflexionar acerca de las costumbres, sin complacerse en recordar la sencillez de los tiempos primitivos. Es una hermosa orilla, adornada únicamente por la manos de la Naturaleza, hacia la que vuelve incesantemente los ojos y de la que se siente pena separarse. (...) Mientras las comodidades de la vida se multiplican, las artes se perfeccionan y el lujo se extiende, el verdadero valor se enerva, las virtudes (...) se desvanecen; ésa es siempre la obra de las ciencias y las artes que se desarrollan en la sombra del gabinete. (...)

(...) El paganismo, lanzado a todos los desvaríos de la razón humana, ¿ha dejado a la posteridad nada que pueda compararse con los monumentos vergonzosos que le ha preparado la imprenta bajo el reinado del Evangelio? Los escritos impíos de los Leucipos y de los Diágoras perecieron con ellos. No se había inventado aún el arte de eternizar las extravagancias del ingenio humano. Pero gracias a los caracteres tipográficos y al uso que se hace de ellos, las dañinas lucubraciones de los Hobbes y de los Spinozas quedarán para siempre. !Id, escritores célebres, de los que la ignorancia y la rusticidad de nuestros antepasados no hubieran sido capaces; acompañad en casa de nuestros descendientes a esas obras más dañinas aún, de las que se exhala la corrupción de las costumbres de nuestro siglo, y llevad conjuntamente a los siglos por venir la historia fiel del progreso y las ventajas de nuestra ciencia y de nuestras artes! Si os leen, no les dejaréis ninguna perplejidad acerca del asunto que ahora nos ocupa; y, al menos que sean más insensatos que nosotros, alzarán las manos al cielo y dirán en la amargura de su corazón: “!Dios Todopoderoso! !Tú que tienes en tus manos a los espíritus, líbranos de las luces y de las funestas artes y devuélvenos la ignorancia, la inocencia y la pobreza, únicos bienes que pueden darnos la felicidad y que son preciosos ante Ti!”. (...) !Oh virtud! !Ciencia sublime de las almas sencillas! ¿Hacen falta tantos sinsabores y tal aparato para conocerte? ¿No están grabados tus principios en todos los corazones, y no basta para aprender tus leyes entrar en sí mismo y escuchar la voz de la conciencia en el silencio de las pasiones? He ahí la verdadera filosofía; sepamos contentarnos con ella y, sin envidiar la gloria de esos hombres célebres que se inmortalizan en la república de las letras, tratemos de establecer entre ellos y nosotros esa distinción gloriosa que se señalaba antaño entre dos grandes pueblos: que uno sepa bien decir, y el otro bien hacer. (...)

(...) Indudablemente, yo debería haber condenado expresamente todas esas pueriles sutilezas de la escolástica, con las cuales, so pretexto de esclarecer los principios de la religión, se anula el espíritu sustituyendo la humildad cristiana por el orgullo científico. Hubiera yo debido alzarme con mayor fuerza contra esos ministros indiscretos, los primeros en poner sus manos en el Arca para apuntalar con su débil saber un edificio sostenido por la mano de Dios. Hubiera debido indignarme contra esos hombres frívolos que, por sus miserables discrepancias, han menoscabado la sublime sencillez del Evangelio y reducido a silogismos la doctrina de Jesús. Pero se trata ahora de defenderme, y no de atacar. (...) En el establecimiento de la nueva Ley, no fue a los sabios a quienes Jesucristo quiso confiar sus doctrinas y su ministerio. Siguió en su elección la preferencia que mostró siempre hacia los pequeños y sencillos. Y en las instrucciones que dio a sus discípulos no se halla una sóla frase de estudio ni de ciencia, como no sea para señalar el desprecio que de todo ello hacia.

Después de la muerte de Jesucristo, doce pobres pescadores y artesanos emprendieron la tarea de instruir y de convertir al mundo. Su método era sencillo: predicaban sin arte, pero con un corazón saturado de todos los milagros con que Dios honraba su fe; el más impresionante era la santidad de su vida; sus discípulos siguieron su ejemplo; y el resultado fue prodigioso. (...)

(...) Las ciencias florecen hoy; la literatura y las artes brillan ante nosotros. ¿Qué provecho ha logrado de eso la religión? Preguntémoslo a esa multitud de filósofos que se precian de no obtenerlo. Nuestras bibliotecas rebosan de libros teológicos, y los casuistas hormiguean entre nosotros. Antaño teníamos santos, y no casuistas. La ciencia se extiende y la fe se extingue. Todo el mundo quiere enseñar a conducirse bien, y nadie quiere aprenderlo. Todos nos hemos convertido en doctores, y hemos dejado de ser cristianos.

No; no es con tanto arte y tanta ceremonia como se extendió el Evangelio por todo el mundo, ni penetró así en los corazones su maravillosa belleza. Ese divino Libro, único necesario para un cristiano y el más útil de todos, incluso para los que no lo sean, no ha menester sino ser meditado para llevar al alma el amor de su Autor y la voluntad de cumplir sus preceptos. Jamás ha hablado la virtud un lenguaje tan dulce; nunca la profunda sabiduría se expresó con tanta energía y sencillez. No se lleva a cabo su lectura sin sentirse mejor que antes. Vosotros, ministros de la Ley que me ha sido anunciada, no os molestéis tanto para instruirme en tantas cosas inútiles. Dejad todos esos libros sabios que no logran convencerme ni impresionarme. Prosternaos a los pies de ese Dios de misericordia que os empeñáis en hacerme conocer y amar; pedidle para vosotros esa humildad profunda que habéis de predicarme. No exhibáis ante mis ojos esa ciencia orgullosa ni ese fausto indecoroso que os deshonran y que me sublevan; sentíos impresionados, si queréis que yo lo sea, y sobre todo, mostradme con vuestra conducta la práctica de esa Ley en la que pretendéis instruirme. No tenéis que saber ni que enseñar más; y vuestro ministerio estará cumplido. No es cuestión, en nada de eso, de buena literatura ni de filosofía. Así es como conviene seguir y predicar el Evangelio; y así es como sus primeros defensores lo hicieron triunfar en todos los países non aristotélico more -decían los Padres de la Iglesia- sed piscatorio.
“Discurso sobre las ciencias y las artes”.
 




Las meditaciones de un paseante solitario

(...) Todo ha terminado en esta tierra para mí. Ya no se me puede hacer ni bien ni mal. Ya no me queda nada que esperar ni temer en este mundo, y heme allí tranquilo en el fondo del abismo, pobre mortal desafortunado, pero impasible como el mismo Dios.

Todo cuanto es exterior a mí es además extraño. En este mundo ya no tengo ni prójimo, ni semejante, ni hermanos. En la tierra estoy como en un planeta extraño donde habría caído del que habitaba. Si a mi alrededor reconozco algunas cosas sólo son objetos aflictivos y desgarradores para mi corazón, y no puedo dirigir la mirada sobre lo que me afecta y me rodea sin encontrar siempre algún motivo de desdén que me indigna, o de dolor que me aflige. (...)

(...) Esta idea, lejos de parecerme cruel y desgarradora, me consuela, me tranquiliza, y me ayuda a resignarme. Yo no voy tan lejos como S. Agustín que se hubiera consolado con ser condenado si tal hubiera sido la voluntad de Dios. Mi resignación proviene de una fuente menos desinteresada, es cierto, pero no menos pura y más digna en mi opinión del Ser perfecto que adoro. Dios es justo; quiere que sufra y sabe que soy inocente. He ahí el motivo de mi confianza, mi corazón y mi razón me gritan que no me engañaré jamás. Dejemos hacer pues a los hombres y al destino; aprendamos a sufrir sin murmurar; todo volverá a su orden al final, y mi turno llegará tarde o temprano. (...)

(...) !Ah! ¿de qué me sirven luces tan tarde y tan dolorosamente adquiridas sobre mi destino y las pasiones ajenas de las que éste es producto? No he aprendido a conocer mejor a los hombres más que para sentir mejor la miseria en que me han sumido, sin que este conocimiento al descubrirme todas sus trampas me haya podido hacer evitar a ninguno. (...)

(...) Me dediqué al trabajo que había emprendido con un celo proporcionado a la importancia del asunto y a la necesidad que yo sentía tener de él. Vivía entonces con unos filósofos modernos que apenas se parecían a los antiguos. En lugar de aclarar mis dudas y de fijar mis irresoluciones, habían perturbado todas las certidumbres que creía tener sobre los puntos que me importaban más conocer: pues, ardientes misioneros del ateísmo y muy imperiosos dogmáticos, no soportaban sin cólera que alguien osase pensar distinto de ellos sobre el punto que fuera. A menudo me había defendido bastante débilmente por odio a la disputa y por poco talento para sostenerla; pero nunca adopté su desoladora doctrina, y esta resistencia a hombres tan intolerantes, no fue una de las menores causas que atizaron su animosidad.

No me habían persuadido pero me habían inquietado. Sus argumentos me habían alterado sin haberme convencido jamás; no encontraba ninguna buena respuesta, pero sentía que debía haberla. Yo me acusaba menos de error que de ineptitud, y mi corazón les respondía mejor que mi razón. (...) Su filosofía es para los demás; necesitaría una para mí. (...)
 

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