Marie de Vichy-Champrond, marquesa du Deffand. (1696-1780)

Nace el 25 de septiembre en el castillo familiar de Champrond -Borgoña-. Los Vichy son uno de los más nobles linajes de la región. Es ducada en un internado de Parín, el elegante convento de la Madeleine-du-Traisnel, institución antigua y famosa. Allí recibe "una eduación que oscila entre la mundanidad y la renuncia, entre el retiro y los talentos del siglo, una educación que va desde Dios a un profesor, desde la meditación a una clase de reverencia". Eduacación de la que siempre se lamentó.

A los dieciocho años se casa con Jean-Baptiste-Jacques du Deffand. Matrimonio que le supone ventajas: inicio de la vida social, liberación de la amenaza de un vida en el campo y la emancipación de su padre. Sin embargo, las pretensiones y el carácter del marqués, diametralmente opuestas, hicieron imposible el entendimiento y la comunicación entre ellos. La solución cómoda y difundida en la época era un separación de hecho. Esta etapa coincide con la época libertina de la marquesa, época de escándalos que apuntaban a su exclusión de la vida social. El final de esta aventura y, con ello, la vuelta al orden, la credibilidad social,..... coincide con su encuentro con Hénault, presidente de la priemra Cámara de Encuestas e historiador y hombre respetable. La relación duró varias décadas.

Durante algunos años asiste a la corte de Scaeux, donde la duquesa de Maine mantenía su propio reinado. Allí conoció a madame Staal-Delaunay y a Voltaire.

En 1747 se instala en el convento de Saint-Joseph y allí comienza la andadura de su salón. Personajes  y viajeros ilustres serán asiduos: Montesquieu, Voltaire, D´Alambert, Marmontel, Beaumarchais,.... Hume, Gibbon, Grimm,...  Mujeres: la duquesa de Choiseul, la duquesa de La Valliére, la mariscala de Luxemborug,...... Sólo el salón de madame de Geoffrin, musa de los enciclopedistas, entraría en competencia con él. Pero madame de Deffand no les echa de menos, excepto a Voltaire y en un principio a D´Alambert, y los considera como agitadores intelectuales y  perturbadores y peligrosos: sus gustos aristocráticos la avecinan al régimen anterior; sin embargo, su pesimismo preludia el romanticismo. Una enfermedad que irá debilitando sus ojos incrementará este pesimismo y agrava uno de sus achaques más característicos: el hastío: "Lo que se opone a mi felicidad es un hastío que se asemeja a la tenia solitaria, que consume todo lo que podría hacerme feliz".

Esta mujer desdeñosa, fría, egoísta, tirana,....  (según los que la trataron) tuvo en su vida dos relaciones fuertemente afectivas: Julie de Lespinesse y Horace Walpole.

Julie de Lespinesse vivía en el sometimiento producido por su condición de bastardía con unos parientes de la marquesa; su encuentro suposo para aquélla la posibilidad de huir de una vida humillante y aburrida de provincia; para la marquesa, una ayuda y compañía:  Julie recibe a los visitantes y cumple las funciones de ama de casa.  Sin embargo, su carácter y encanto, la convertirían en otro atractivo del salón. Aprovechando que tenía sus habitaciones propias tomó la costumbre de reunir a una selecta representación de los contertulios del salón y crear su propia reunión. Cuando se enteró la marquesa la expulsó fulminantemente, pero Julie no se fue sola: le acompañaron algunos contertulios y formaron un salón entorno a ella. D´Alambert, antiguo protegido de madame du Deffand y a quien ésta había conseguido su plaza en la Academia,  fue la cabeza de este grupo.

El otro encuentro fue con Horace Walpole, historiador y escritor de novelas góticas. La marquesa tenía sesenta y ocho años, casi treinta años más; pero la pasión de la marquesa por aquél fue violenta.  En un principio, Walpole se sintió halagado por la apaionada atención de madame du Deffand; contestó a sus tórridas cartas con un registro más templado pero no muy diferente. Fue más adelante cuando cayó preso del miedo al rídiculo y sus respuestas comenzaron a ser más distantes. La marquesa se debatió contra la evidencia del desamor al que al final de su vida no tiene más remedio que aceptar.

Los últimos años son años de una existencia cerrada, resignada, sin expectativas, deseos, ni esperanzas. Existencia que se prolonga durante trece años, aunque en apariencia sigue el ritmo de vida: en su salón sigue recibiendo a visitantes, se preocupa por entretenerlos. Mantiene sus relaciones con los habituales. Sin embargo, no sólo ha cambiado la actitud de la marquesa, sino también la situación: es una etapa de decadencia de una clase dirigente, la de los amigos de la marquesa, que abarca a toda la sociedad. Con la subida al trono de Luis XVI las esperanzas y las riendas del poder pasan a manos de hombres nuevos -los ilustrados-, formados al margen de la vieja élite aristocrática y que tienen sus centros mundanos en las casas de Julie de Lespinesse, del barón de Holbach,......

En sus cartas  se muestra penetración, exactitud de juicio, apasionamiento, incluso a veces, desesperación que la convierte -a ella y a las demás mujeres- en una de las protagonistas de la épocase; igulamente se puede apreciar el espíritu de la época.

En las cartas a Voltaire  muestran la admiración de la marquesa por el patriarca de Fernay y le sirven para expresar sus reflexiones sobre la vida, la muerte, la felicidad, el dolor, la racionalidad, el absurdo,.... No pretenden conmover ni convencer: expresa su verdad a alguien que es capaz de escucharla y entenderla. Las   cartas a Walpole muestran la revolución que la aparición de éste provoca en su tranquila indiferencia y cómo se convierte en objeto de una atención exclusiva, violenta y apasionada.
 
 



Cartas a Voltaire

28 de Diciembre, 1765.
(...) Pero, Mr. Voltaire, amante declarado de la verdad, decidme de buena fe, ¿la habéis encontrado en alguna parte? Combatís y destruís los errores, pero, ¿qué ponéis en su lugar?; ¿hay algo que sea real?, ¿no es todo ilusión? (...) Hay cierta materia acerca de la cual cualquier discurso me parece inútil; el pueblo no lo entiende, a la juventud apenas le preocupa, la gente inteligente no lo necesita, y ¿puede uno preocuparse de iluminar a los necios? Que cada cual piense y viva a su modo, y dejemos a cada cual que mire con el color del cristal que más le guste. No esperemos nunca establecer la tolerancia; los perseguidos siempre la predicarán y, cuando dejen de serlo, no harán uso de ella. Sea cual sea la opinión de los hombres, querrán someter a todo el mundo. (...)
 

14 de Enero, 1766.
No tengo ni vuestra erudición ni vuestras luces, pero no por ello mis opiniones son menos conforme a las vuestras. También en cierto que no me parece de extrema importancia que todo el mundo piense igual. Nos resultaría muy ventajoso que todos los que gobiernan, desde los reyes hasta el último alcalde del pueblo, no tuvieran más principio ni sistema que la más sana moral, sólo ella puede hacer a los hombres felices y tolerantes. Pero ¿conoce el pueblo la moral? Por pueblo entiendo el mayor número de hombres. Están tan llena de ellos la corte como la ciudad o el campo. ¿Qué le queda a esta clase de gente si se le quitan los prejuicios? Son su recurso contra la desdicha (y en eso quisiera parecérmeles); es brida y freno en su conducta, y ello es lo que debe hacer desear que no se les ilustre; y además, ¿se les podría ilustrar? Todo el que en llegando a la edad de la razón, no se haya sorprendido por las cosas que son absurdas y no haya vislumbrado la verdad, jamás se dejará instruir ni persuadir. ¿Qué es la fe? Es creer firmemente en lo que no se comprende. Hay que dejar el don del cielo a quien se lo ha concedido. (...) Estaría siempre embelesada recibiendo vuestras instrucciones y recetas; dadme una contra el tedio, ésa es la que de verdad necesito. La búsqueda de la verdad es para vos la medicina universal; también lo es para mí, aunque con distinto signo: vos creéis haberla encontrado, y yo creo que es inencontrable. Queréis dar a entender que estáis convencido de ciertas creencias anteriores a Moisés, y que él no tenía o, al menos, no transmitió. ¿El hecho de que haya habido pueblos que han participado de esta creencia la hace más clara y verosímil? ¿Qué importa que sea cierta? ¿Serviría de consuelo si lo fuera? Lo dudo mucho. Al menos para aquellos que creen que la única desdicha es la de haber nacido, no serviría. (...)
 

28 de Febrero, 1776.
Vuestras cartas (...) me han llevado a hacerme la siguiente reflexión: ¿creéis que hay verdades que no conocéis y que es importante conocer? Y por lo tanto, puesto que procuráis el conocimiento de lo que es, ¿pensáis que no basta con saber lo que no es? Pensáis que ese conocimiento es posible: ¿lo creéis además necesario?. A esto es lo que os ruego que me contestéis. Hasta ahora siempre había imaginado que el poder, las facultades y el alcance de nuestros sentidos limitaban nuestros conocimientos; ya sé que nuestros sentidos están sujetos a la ilusión, pero ¿qué otra guía podríamos tener?. Decidme con claridad: ¿qué inclinación o qué motivo os arrastra a la búsqueda que os ocupa?. Si es la simple curiosidad, ¿cómo podría este solo sentimiento ofreceros la garantía de todos los objetos que os rodean? Por pueriles que sean en sí mismos, es natural que nos sintamos más afectados por ellos que por las vagas ideas que son para nosotros el caos, o incluso la nada. En cuanto a mí, señor, lo confieso, sólo tengo un pensamiento, un sentimiento, un infortunio y una desdicha: el dolor de haber nacido; no hay ningún papel que pueda representarse en el teatro del mundo que prefiera yo a la nada, y lo que os parecerá del todo inconsecuente, es que cuando tenga la evidencia de tener que partir, no sentiré un horror menor por la muerte. Explicadme, ilustradme, hacedme tomar parte en las verdades que descubrís; enseñadme el medio de soportar la vida o de contemplar su fin sin repugnancia. Siempre tenéis ideas claras y precisas; sólo con vos me gustaría razonar; pero a pesar de la opinión que me merecen vuestras luces, me sentiría muy confundida si pudierais satisfacer las preguntas que os hago. (...)
 

8 de Febrero de 1769.
(...) ¿De dónde habéis sacado que odio la filosofía? La adoro, a pesar de su inutilidad, pero no me gusta que se la disfrace de metafísica vana, paradoja o sofisma. Me gusta que tenga la apariencia que vos le dais, que siga a la naturaleza punto por punto, que destruya los sistemas, que nos confirme en la duda y nos haga inaccesibles al error, pero sin darnos la falsa esperanza de alcanzar la verdad; todo el consuelo que se saca de ella (y ya es bastante), es el de no perderse y tener la seguridad de volver a encontrar el lugar del que partió. Respecto a los filósofos no hay uno solo al que odie; pero si bien poco a los que estimo. (...)
 

22 de Agosto, 1770.
(...) Pero, mi querido Voltaire, ¿no os aburrís de tanto razonamiento metafísico sobre materias ininteligibles? Son, a mí parecer, lo que para los sordos el clavecín del padre Castel. ¿Se pueden ofrecer y admitir otras ideas que no sean las que nos llegan a través de nuestros sentidos? Un sordo o un ciego de nacimiento pueden lamentar el no oír, el no ver; pero, sin embargo no saben lo que es ver o lo que es oír, lo que son esas facultades que les faltan; no niegan lo que se les cuente al respecto, pero los aburre todo lo que se les diga para proporcionarles un conocimiento de ellas. (...) Yo no me atormento intentando conocer lo que es imposible de concebir. La eternidad, el comienzo, lo lleno, lo vacío; ¿qué elección podría hacerse?. No levantaré un vuelo presuntuoso, etc., etc. Me limito a lo siguiente: hacer todo el bien que pueda, el menos mal que me sea posible, dejar que cada cual piense a su manera, no turbar la dicha ni la paz de nadie, evitar el tedio y las indigestiones, soportarlas con paciencia cuando no se pueda hacer otra cosa; amar, estimar a mi buen amigo Voltaire, desear que me sobreviva, hablar de él sin cesar (...)
 

5 de Octubre, 1770.
(...) Para mí, querido Voltaire, la dicha consiste en la exención de dos males: los dolores del cuerpo y el tedio del alma. No aspiro desde luego a una salud perfecta ni a placer alguno; soportaría con paciencia mi estado actual, que es lamentable a los ojos de todo el mundo, si tuviera un sólo amigo verdadero. La amistad es la única pasión que la edad no mitiga. (...)

Cartas a Horace Walpole

23 de Mayo, 1967.
¿Queréis que espere vivir noventa años? !Ay, Dios mío, qué maldita esperanza! ¿Ignoráis que detesto la vida, que me aflige profundamente el haber vivido tanto, y que no me consuelo de haber nacido? Yo no estoy hecha para este mundo, y no sé si habrá otro; si así fuera, sea el que sea, lo temo. No hay forma de estar en paz con los otros, ni consigo mismo; se disgusta a todo el mundo: a los unos, porque creen que no se les estima ni se les ama lo bastante, a los otros por lo contrario; se tendría que hacer sentimientos al gusto de cada cual, o al menos fingirlos, y de eso es de lo que no soy capaz; uno alaba la sencillez y la naturalidad, y odia a los que la poseen; y aún sabiendo todo eso se teme a la muerte; y, ¿por qué se la teme?. No sólo por la incertidumbre del porvenir, sino porque se siente una gran repulsión por la propia destrucción, que la razón no sabría destruir. !Ay, la razón, la razón! ¿Qué es la razón? ¿Qué poder es el que tiene? ¿Cuándo habla? ¿Cuándo se la puede escuchar? ¿Qué bien procura? ¿Triunfa sobre las pasiones? Pues no; y si triunfara sobre los movimientos de nuestra alma, sería cien veces más contraria a la dicha de lo que puedan serlo las pasiones; sería como vivir para sentir la nada, y la nada (a la que tengo muy en cuenta) sólo es buena porque no se siente. Esto sí que es metafísica de tres al cuarto, os pido muy humildemente perdón. Estáis en vuestro derecho de decirme: “Contentaos con aburriros a vos y absteneos de aburrir a los demás”. (...)
 

1 de Abril, 1769.
(...) Adiós. Me duele la cabeza, tengo dolores en las entrañas y me siento muy acalorada; no me importa; me da la sensación de que estoy lista para liar el petate y marcharme. Tal vez la buena disposición se deba a que aún estoy muy lejos de ello; como sería de desear.
Decidme, ¿por qué detestando la vida, temo a la muerte? Nada me indica que todo no acabará conmigo; por el contrario, percibo el derrumbamiento tanto de mi espíritu como de mi cuerpo. Todo lo que se dice a favor o en contra no me produce ninguna impresión. Sólo me escucho a mí misma y no encuentro más que duda y oscuridad. Creed, me dicen, es lo más seguro; pero, ¿cómo creer en lo que no se comprende? Lo que no se comprende puede sin duda existir, y yo no lo niego; soy como un sordo y un ciego de nacimiento; admite que hay sonidos, colores, pero, ¿sabe qué está admitiendo? Si bastara con no negar, asunto resuelto; pero no basta con eso. ¿Cómo se puede decidir entre un comienzo y una eternidad, entre lo lleno y lo vacío? Ninguno de mis sentidos podría enseñármelo, y, ¿qué puedo aprenderse sin ellos? Sin embargo, si no creo en lo que hay que creer, estoy amenazada con ser mil veces más desdichada después de mi muerte de lo que soy en vida. ¿Por qué decidirse?; y, ¿es posible decidirse por algo? Os lo pregunto a vos, que tenéis un carácter tan veraz que, por simpatía, debéis encontrar la verdad, si es que es encontrable. Esto es respecto al otro mundo es lo que hay que explicarme, y decirme si nosotros estamos destinados a jugar en él algún papel.

Yo me encargo de hablaros de este mundo. En primer lugar os digo que es detestable, abominable, etc. Hay gente virtuosa, o al menos que puede parecerlo, mientras no se ataque su pasión dominante, que es de ordinario, en esa clase de gente, el amor por la gloria o la reputación. Ebrios de elogios, dan a menudo la impresión de ser modestos; pero el esmero que ponen en conseguirlos revela su motivo, y deja entrever la vanidad y el orgullo. Este es el retrato de la mayor parte de la gente de bien. En los otros lo que hay es interés, envidia, celos, crueldad, maldad, perfidia. No hay una sola persona a quien se le pueda confiar las penas, sin proporcionarle una maligna alegría y sin envilecerse ante sus ojos. ¿Habláis de vuestros placeres y éxitos? Haréis nacer el odio. ¿Hacéis el bien? Pesa el agradecimiento, y se encontrarán razones para desquitarse. ¿Cometéis alguna falta? Jamás se borra; ni nada puede repararla. ¿Os relacionáis con personas inteligentes? No se preocuparán más que de sí mismos; querrán deslumbraros, y no se tomará la molestia de iluminaros. ¿Tratáis con gente poco inteligente? Se sienten confundidos con su papel; os maldecirán por su esterilidad y por su poca inteligencia. ¿Se pueden encontrar, a falta de inteligencia, sentimientos? Ninguno, ni sinceros ni constantes. La amistad es una quimera; no se conoce más que el amor; y !qué amor! Pero ya está bien, no quiero llevar más lejos mis reflexiones; son productos del insomnio; reconozco que un buen sueño valdría más.
 

15 de Noviembre, 1772.
(...) me obliga a hacer un estudio de la paciencia y del tedio; en fin, que soy bastante razonable, pero no excesivamente feliz, porque estoy muy poco contenta de todo lo que me rodea, y menos de mí que de cualquiera. Mi salud es mediocre, pero tampoco deseo otra mejor, me disgustaría tener más fuerza y actividad; sin embargo, lo que sí me gustaría es ser devota, tener fe, no para mover montañas, ni para andar sobre las aguas, sino para ir de mi tonel a mi tribuna, y llenar mis días con prácticas que, gracias a un nuevo giro de la imaginación, serían al menos tan valiosas como mis ocupaciones presentes. Leería sermones en lugar de novelas, la Biblia en lugar de fábulas, la Vida de los Santos en lugar de Historia, y con estas lecturas me aburriría menos o no más que con las que hago actualmente; soportaría con más paciencia los defectos y los vicios de todo el mundo, me resultarían menos desagradables, menos indignantes las ridiculeces, falsedades y mentiras que se oyen y se encuentran por doquier; en una palabra, tendría un objeto al que ofrecer mis cuidados, y al que sacrificar mis deseos. Estos son los castillos en el aire que hago durante mis insomnios. Cuando os hablo de ellos, no es por lamentarme, sino que, de las veinticuatro horas que tiene el día, es generalmente el rato que menos me aburro. (...).
 
 
 

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