Marie-Thérèse Rodet Geoffrin.

De origen humilde y huérfana desde temprana edad, se casa con François Geoffrin, acaudalado burgués que había sabido acumular un considerable patrimonio. Bella, virtuosa y razonable se hubiera dedicado a su casa si, hacia 1730 el azar no le hubiera dado como vecina a la mujer más seductora de su época, madame de Tencin. Madame Geoffrin se convirtió en una asidua de las reuniones intelectuales que se celebraban en casa de la excanonesa y empezó a abrir su rica y confortable mansión burguesa de la calle de Saint-Honoré a artistas y literatos.

A la muerte de madame de Tencin (1749), que coincide con la del señor Geoffrin, sus asiduos al Salón emigraron definitivamente al de su heredera, madame Geoffrin. Su Salón fue, según Sainte-Beuve, "el más completo, el mejor organizado y (...) el mejor administrado de su tiempo (...) una de las instituciones del siglo XVIII".

Recibía dos días fijos: las comidas de los lunes (acogía a artistas, a amateurs y mecenas) y las comidas de los miércoles (reservados para los literatos -Mairan, Marivaux, Marmontel, d´Alambert, Helvéius, d´Holbach,... y extranjeros residentes -Galiano, Hume,...-) Por la noche organizaba pequeñas cenas para unos cuantos íntimos, a menudo representantes de la alta sociedad.

El Salón de la calle de Saint-Honoré marca el tránsito entre el leve escepticismo y la filosofía avanzada de los enciclopedistas. Fue madame Geoffrin quien salvó la Enciclopedia cuando, en 1759, la empresa parecía definitivamente comprometida por una sentencia, estando aún a medias. Un dinero, desenbolsado en secreto por ella, devolvió los ánimos al tipógrafo y permitió a Diderot llevar a buen puerto la obra.

Junto con el Salón de madame du Deffand constituye los dos ámbitos más importantes de la vida intelectual y social parisina de aquella época. Sin embargo, son instituciones rivales, temperamentos y estilos opuestos: el buen sentido, la candidez, el humorismo y el orden burgués de madame Geoffrin contrasta con la fulgurante inteligencia, el aristocrático desdén y la cruel ironía de madame du Deffand. Los dos Salones se enfrentaron durante unos treinta y cinco años, símbolos de dos realidades profundamente distintas: expresión el uno de la ascensión de una burguesía ilustrada, ansiosa de blasones culturales, el otro del atrincheramiento de la aristocracia más exclusiva, que reconoce como único imperativo la salvaguardia de su propio estilo y su propio lenguaje.
 

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