J. LOCKE.






La filosofía política la expone Locke en Dos tratados del gobierno civilCarta sobre la tolerancia.  El primero de los tratados es una crítica al absolutismo político y a la idea de una monarquía de derecho divino; el segundo, trata del origen y de los objetivos del gobierno civil, iniciando así la teoría del liberalismo político.

El estado de naturaleza no es un estado de guerra, sino de cooperación bajo el signo de la razón: no es un estado presocial, sino prepolítico. Aunque falta organización, no existe carencia de vínculos encaminados al bien común. Lo que falta es la garantía de los derechos que el hombre tiene por natuaraleza; garantía que surge con la sociedad civil.

El contrato es lo que permite la constitución de la sociedad civil, pero no significa la renuncia a los derechos (son inalienables). Insiste más en el principio liberal de los derechos individuales, sustraidos al arbitrio estatal, que al principio democrático de la voluntad popular.

El gobieno debe ser ejercido dentro de límites rigurosos
 
 




Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil.









Capítulo 1.

Considero que el poder político es el derecho de dictar leyes bajo pena de muerte y, en consecuencia, de dictar también otras bajo penas menos graves, a fin de regular y preservar la propiedad, y ampliar la fuerza de la comunidad en la ejecución de dichas leyes y en la defensa del Estado frente a injurias extranjeras. Y todo ello con la única intención de lograr el bien público.

Capítulo 2. Del estado de naturaleza.

Para entender el poder político correctamente, y para deducirlo de lo que fue su origen, hemos de considerar cuál fue el estado en que los hombres se hallan por naturaleza. Y es este un estado de perfecta libertad para que cada uno ordene sus acciones y disponga de posesiones y personas como juzgue oportuno, dentro de los límites de la ley de la naturaleza. (...) Es también un estado de igualdad, en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos, y donde nadie los disfruta en mayor medida que los demás. Nada hay más evidente que el que criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas ellas para disfrutar en conjunto las mismas ventajas naturales y para hacer uso de las mismas dificultades, hayan de ser también iguales entre sí, sin subordinación o sujeción de unas a otras, (...) Más aunque este sea una estado de libertad, no es, sin embargo, un estado de licencia (...) el hombre (...) no tiene (...) la libertad de destruirse a sí mismo, ni tampoco a ninguna criatura de su posesión, excepto en el caso de que ello sea requerido por un fin más noble que el de su simple preservación. El estado de naturaleza tiene una ley que lo gobierna y obliga a todos; y la razón, que es esa ley, enseña a toda la humanidad que quiera consultarla que, siendo todos los hombres iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones. (...) Por la misma razón que cada uno se ve obligado a preservarse a sí mismo y a no destruirse por propia voluntad, también se verá obligado a preservar al resto de la humanidad. (...)

(...) los medios para poner en práctica esta ley les han sido dado a todos los hombres, de tal modo que cada uno tiene el derecho a castigar a los transgresores de dicha ley en la medida en que esta sea violada. (...) Al transgredir la ley de naturaleza, el que realiza una ofensa está declarando que vive guiándose por reglas diferentes de las que mandan la razón y la equidad común, las cuales son las normas que Dios ha establecido para regular las acciones de los hombres en beneficio de su seguridad mutua. Y así, el transgresor es un peligro para la humanidad (...) y contra la toda la especie (...) la paz y la seguridad (...)Cada ofensa que pueda ser cometida en el estado de naturaleza puede ser castigada en la misma medida en que puede serlo dentro de un Estado. (...) en el estado de naturaleza cada hombre tiene el poder de hacer que se ejecute la ley natural (...) que los hombres sean jueces de su propia causa (...) sus defectos naturales, su pasión y su deseo de venganza los llevará demasiado lejos al castigar a otros, de lo cual sólo podrá seguirse la confusión y el desorden; y que, por lo tanto, es Dios el que ha puesto en el mundo los gobiernos a fin de poner coto a la parcialidad y violencia de los hombres. Concedo sin reservas que el gobierno civil ha de ser el remedio contra las inconveniencias que lleva consigo el estado de naturaleza, las cuales deben ser, ciertamente, muchas cuando a los hombres se les deja ser jueces de su propia causa.

Capítulo 3. Del estado de guerra.

El estado de guerra es un estado de enemistad y destrucción; (...) es razonable y justo que yo tenga el derecho de destruir a quien amenaza con destruirme a mí. En virtud de la ley fundamental de la naturaleza, un hombre debe conservarse a sí mismo hasta donde le resulte posible; y si todos no pueden ser preservados, la salvación del inocente ha de tener preferencia. Y un hombre puede destruir a otro que le hace la guerra, o a aquél en quien ha descubierto una enemistad contra él, por las mismas razones que puede matar a un lobo o a un león. Porque los hombres así no se guían por las normas de la ley común de la razón, y no tiene más reglas que la de la fuerza y la violencia. (...)(...) (hay una) clara diferencia entre el estado de naturaleza y el estado de guerra (...) a pesar de que algunos los han confundido (...) el primero es un estado de paz, buena voluntad, asistencia mutua y conservación, mientras que el segundo es un estado de enemistad, malicia, violencia y mutua destrucción. Propiamente hablando, el estado de naturaleza es aquél en el que los hombres viven juntos conforme a la razón, sin un poder terrenal, común y superior a todos, con autoridad para juzgarlos. Pero la fuerza, o una intención declarada de utilizar la fuerza sobre la persona de otro individuo allí donde no hay un poder superior y común al que recurrir para encontrar en él alivio, es el estado de guerra; (...) no hay lugar a apelaciones (...) por falta de leyes positivas y de jueces autorizados (...) Para evitar este estado de guerra (...) es por lo que con gran razón, los hombres se ponen a sí mismos en un estado de sociedad y abandonan el estado de naturaleza. Porque allí donde hay una autoridad, un poder terrenal del que pueda obtenerse reparación apelando a él, el estado de guerra queda eliminado y la controversia es decidida por dicho poder.

Capítulo 7. De la sociedad política o civil.

Al nacer el hombre con derecho a la libertad perfecta y a disfrutar sin cortapisas todos los derechos y privilegios que le otorga la ley de naturaleza, y en igual medida que cualquier otro hombre o grupo de hombres en el mundo, no sólo tiene por naturaleza el poder de proteger su propiedad, es decir, su vida, su libertad y sus bienes, frente a los daños y amenazas de otros hombres, sino también el de juzgar y castigar los infringimientos de la ley que sean cometidos por otros, y en el grado que la ofensa merezca; tendrá incluso el poder de castigar (...) Ahora bien, como no hay ni puede subsistir sociedad política alguna sin tener en sí misma el poder de proteger la propiedad y, a fin de lograrlo, el de castigar las ofensas de los miembros de dicha sociedad, única y exclusivamente podrá haber sociedad política allí donde cada uno de sus miembros hay renunciado a su poder natural y lo haya entregado en manos de la comunidad, en todos aquellos casos que no esté imposibilitado para pedir protección de la ley que haya sido establecida por la comunidad misma. Y así, al haber sido excluido todo juicio privado de cada hombre en particular, la comunidad viene a ser un arbitro que decide según normas y reglas establecidas, imparciales y aplicables a todos por igual, y administradas por hombres a quienes la comunidad ha dado autoridad para ejecutarlas. Y de este modo, la comunidad decide las diferencias que puedan surgir entre sus miembros en cuestiones de derecho, y castiga aquellas ofensas que algún miembro haya cometido contra la sociedad, con las penas que la ley haya estipulado. (...)Así, el Estado se origina mediante un poder que establece cuál es el castigo que corresponde a las diferentes transgresiones (...) este es el poder de hacer leyes, y a él debe añadirse el poder de castigar (...) Y ambos poderes están encaminados a la preservación de la propiedad. (...) una sociedad política o civil (...) se logra (...) (cuando) un grupo de hombres en estado natural entra en una sociedad para formar un pueblo, un cuerpo político bajo un gobierno supremo (...) mediante ese acto, autoriza a la sociedad (...) a hacer leyes (...) para el bien público (...) Esto es lo que saca a los hombres del estado de naturaleza y los pone en un Estado. (...)(...) la monarquía absoluta (...) es incompatible con la sociedad civil, y excluye todo tipo de gobierno civil (...) Pues al suponerse que este príncipe absoluto es el único que tiene en sí mismo el poder legislativo y el ejecutivo, no existe juez ni recurso de apelación alguna a alguien que justa e imparcialmente y con autoridad pueda decidir, (...) un hombre así (...) se encuentra, con respecto a los que se hallan bajo su dominio, en el mismo estado de naturaleza con que se encuentra con respecto al resto de la humanidad. (...) La única y lamentable diferencia para el súbdito -o, mejor diríamos, esclavo- de un príncipe absoluto sería esta: que mientras que en el ordinario estado de naturaleza tiene la libertad para juzgar acerca de cuáles son sus derechos y para defenderlos en la medida de sus fuerzas, ahora, siempre que su propiedad sea invadida por voluntad y mandato de su monarca, no sólo le faltará ese recurso de apelación que deben tener los que viven en sociedad, sino que, como si se le hubiese degradado y no perteneciese ya al orden de las criaturas racionales, se le niega también la libertad de juzgar, o de dender sus derechos. Y así, queda expuesto a todos los sufrimientos e inconveniencias que un hombre puede temer de otro que, hallándose en un estado de naturaleza sin limitación alguna, está además, corrompido por la adulación y armado de poder. (...) Es como si los hombres, una vez dejado el estado de naturaleza, y tras ingresar en la sociedad, acordaran que todos ellos, menos uno, deben estar bajo las leyes; y que la única persona que no está sometida a ellas, retiene toda la libertad propia de estado de naturaleza, aumentada con el poderío y hecha licenciosa por la impunidad. (...)En una sociedad civil, ningún hombre puede estar exento de las leyes que la rigen.
 

Capítulo 8. Del origen de las sociedades políticas.

(...) el único modo en el que alguien se priva a sí mismo de su libertad natural y se somete a las ataduras de la sociedad civil, es mediante un acuerdo (...) según el cual se unen (...) a fin de convivir los unos con los otros de una manera confortable, segura y pacífica, disfrutando sin riesgos de sus propiedades respectivas y mejor protegidos (...) quedan incorporados en un cuerpo político en el que la mayoría tiene el derecho de actuar y decidir en nombre de todos. (...) resulta imperativo que el cuerpo se mueva hacia donde lo lleve la fuerza mayor, es decir, el consenso de la mayoría. (...) Y así, cada hombre (...) se pone bajo la obligación (...) de someterse a las decisiones de la mayoría y a ser guiado por ella. Si no, ese pacto original (...) no significaría nada; y no habría pacto alguno si el individuo quedara completamente libre y sin más lazos que los que tenía antes en el estado de naturaleza. (...)(...) al principio, a nadie le fue concedido ese poder con otro fin que el de lograr el bien y la seguridad del pueblo; y fue también con ese mismo fin, con el que la infancia de los Estados, los depositarios del poder hicieron uso de él (...) en edades posteriores, cuando la ambición y ansia de suntuosidad se afincaron en el poder y lo acrecentaron, sin atender la misión para la que había sido establecido, y, enardecidos por la adulación, los príncipes aprendieron a albergar intereses diferentes de los del pueblo, los hombres juzgaron necesario examinar más cuidadosamente los derechos originales del gobierno y encontrar modos de impedir los excesos y de prevenir los abusos de aquel poder (...)

Capítulo 11. Del alcance del poder legislativo.

Estas son las condiciones que le son impuestas al poder legislativo de todo Estado, y bajo cualquier forma de gobierno, por virtud del mandato que la sociedad y la ley de Dios y de naturaleza ha depositado en sus manos:Primero: Tienen que gobernar guiándose de las leyes promulgadas y establecidas, que han (...) de aplicarse igualmente (...) Segundo: Estas leyes no pueden estar encaminadas a otro fin último que no sea el bien del pueblo. (...) Tercero: No podrán los gobernantes aumentar los impuestos sobre la propiedad (...) sin el consentimiento (del pueblo) (...) Cuarto: La legislatura no deberá ni podrá transferir a nadie el poder de hacer leyes, ni depositarlo en lugar diferente de aquél en el que el pueblo lo ha depositado.

Capítulo 12. De los poderes legislativo, ejecutivo y federativo del Estado.

El poder legislativo es aquél que tiene el derecho de determinar cómo habrá de ser empleada la fuerza del Estado, a fin de preservar a la comunidad (...) es práctica común en los poderes bien organizados (...) que el poder legislativo sea puesto en manos de diversas personas, las cuales, en forma de asamblea tiene cada una, o en unión con las otras, el poder de hacer leyes; (...) esas leyes (...) necesitan ser ejecutadas y respetadas (...) es necesario que haya un poder que esté siempre en activo y que vigile la puesta en práctica de esas leyes y la aplicación de las mismas. De ahí el que los poderes legislativo y ejecutivo suelan estar separados. (...) Hay otro poder (...) un poder de hacer la guerra y la paz, de establecer ligas y alianzas, y de realizar tratos con todas las personas o comunidades fuera del Estado. A este poder podríamos llamarlo federativo, (...). es mucho menos susceptible de regirse por previas y vigentes leyes positivas, que el poder ejecutivo; y por eso ha de dejarse a la prudencia y sabiduría de aquellos que los tienen en sus manos la misión de administrarlo para el bien público. (...) Aunque (...) los poderes ejecutivo y federativo (...) son realmente distintos entre sí, es difícil que estén separados y que se depositen simultáneamente en manos de personas distintas. (...)

Capítulo 13. De la subordinación de los poderes del Estado.

(...) el pueblo retiene todavía el supremo poder de disolver o alterar la legislatura, si considera que la actuación de ésta ha sido contraria a la confianza que se depositó en ella. (...) y así el poder volverá a manos de aquellos que lo concedieron, los cuales podrán disponer de él como les parezca más conveniente para su protección y seguridad. (...) la comunidad conserva siempre un poder supremo de salvarse a sí misma frente a posibles amenazas (...) Ningún hombre, ninguna sociedad de hombres tiene el poder para renunciar a su propia preservación, (...) y tendrán (...) derecho de deshacerse de quienes violen esta fundamental, sagrada e inalterable ley de auto-preservación, (...)(...) ¿Qué si el poder ejecutivo, apoderándose de la fuerza del Estado, hace uso de esa fuerza para impedir que los legisladores se reúnan y actúen (...) un usar la fuerza sobre el pueblo, que no esté autorizada y que sea contraria a la misión que se le ha encomendado a quien la usa de este modo, equivale a un estado de guerra con el pueblo, (...) éste tiene el derecho de eliminar ese impedimento recurriendo a la fuerza. En toda condición y circunstancia, el verdadero remedio contra una fuerza que se ejerce sin autorización, es oponerse a ella haciendo también uso de la fuerza. Siempre que una fuerza no autorizada es ejercida contra alguien, ello pone al agresor en un estado de guerra y lo expone a ser tratado como corresponde.
 

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