La Razón






El concepto de Razón es el término que ilumina, determina y configura los grandes acontecimientos de la época moderna. Época en la que se confirma y profundiza lo que ya anunciaba el siglo XVII.

La razón es, en primer lugar, una "razón crítica"; crítica contra el dogma. La Reforma fue la primera manifestación; la justificación teórica y filosófica la encontramos en el Tratado teológico-político y en la Ética, Spinoza,  donde la fe y la creencia aparecen como una forma de inteligencia de segundo grado. Desde este momento el difícil camino del espíritu humano hacia la conquista de su independencia se encontraba abierto.

Al final del siglo, la Crítica de la Rzón Pura (Kant ) fija los límites, las formas y las modalidades de investigación del espíritu humano, considerando como desconocidas e inexpresables las preguntas sobre la fe y sobre todas aquellas relacionadas con Dios. Ya no se mezclaban las nociones. Descartes que quería hacer tabla rasa de todo lo que se había pensado antes tuvo que recurrir a Dios para explicar los fundamentos del nuevo saber. Sin embargo, Kant no lo necesitaba. La razón no necesita del apoyo de Dios: ella misma descubre sus posibilidades y límites. La filosofía se distingue radicalmente de la teología. Por fin la razón tenía título para ser admitida, tenía existencia propia; era independiente.

Las consecuencias de esta revolución de la filosofía contra la teología eran ya, en 1781, parte de la historia de los litigios de la razón  científica con las Facultades de Teología, es la historia del Renacimiento, la de  Kepler    y la de  Galileo.  La revuelta de los humanistas contra el dogma.

Es una razón contra la arbitrariedad; es una razón que discute las reglas corrientemente admitidas del gobierno  de los hombres. La teoría de la monarquía absoluta, del absolutismo real, elaborada en el siglo XVII llega a ser el punto de mira del pensamiento crítico. Todos los philosophes luchan con tenacidad contra  la injusticia, muestran la inutilidad de las guerras, lo absurdo de la centralización: someten a discusión la concentración de los poderes. Piden un régimen donde la Ley esté reconocida como superior al Rey, donde la Constitución hagan del poder real un simple ejecutivo controlado. No piden un régimen parlamentario, donde los gobiernos serían responsables delante de un parlamento elegido. Se sienten satisfechos con un régimen constitucional que fije unos límites razonables a la acción del poder real.

Esta reivindicación se manifiesta cotidianamente contra un poder que fija unilateralmente los impuestos, que decide soberanamente el futuro de las provincias, que lanza al país a la guerra y termina con firmas de paz desastrosas sin exponerse a críticas. Es ésta una revuelta fundamental: a partir de ahora la naturaleza teocrática del poder se encuentra en tela de juicio: el rey no debe obtener su soberanía de Dios y no "dar cuenta más que a Dios solo", ya que la experiencia muestra que puede ser un mal pastor; el rebaño está en su derecho de xeigir garantías y una participación del control en el funcionamiento del Estado. La teoría de Montesquieu  en el "Espíritu de las leyes" intenta organizar las modalidades de este control. La teoría del  Contrato Social tiende a dar al control un fundamento racional más profundo. Fundamento que llega a un punto de ruptura: el sometimiento a examen del orden social. Para Rousseau sólo existe la sociedad civil. Para Bossuet, la única existente es la sociedad de Dios.

Así, pues, la tercera forma de revuelta filosófica es aquella que se levanta contra la sociedad, contra las órdenes, contra los deberes, contra la jerarquía heredada de la Edad Media. No es suficiente protestar contra el poder político, sino que hay que poner en tela de juicio el fundamento del orden social que es injusto; la propiedad es injusta dice Rousseau, y, bajo la Revolución, Baboeuf también lo afirma. Injusta es la jerarquía de las órdenes dicen Fígaro de Beaumarchais y el panfleto del Tercer Estado. Injusto es la preeminencia del clero. La razón suscribe y apoya que el pueblo tenga necesidad de Dios y que tenga ministros pagados por el Estado; pero no admite que aquél orden esté por encima y tenga privilegios.
 

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