La religión.









El siglo de las Luces es un siglo conocido, entre otras cosas, por el radicalismo que mantienen los ilustrados ante la religión ya que esta se presentaba como la fuente de legitimación de todos aquellos valores contra los cuales luchaban y que obstaculizaban la difusión de los principios ilustrados. Principios que proclaman la autonomía del hombre y la secularización de la cultura (las ciencias, las artes,....)

Los representantes de la Ilustración, a excepción de Rousseau, se muestran hostiles y sus posiciones oscilan entre el deísmo y el ateísmo.

El deísmo es la creencia en Dios, no según las enseñanzas de una revelación, sino tal como admite la sola razón natural.

El término, de origen inglés (deism), se difunde en el s. XVI en Francia (déisme), introducido por Pierre Viret, discípulo de Calvino, como intermedio entre el ateísmo y el teísmo. En los siglos XVII-XVIII, se utiliza en Inglaterra y Francia, sobre todo por parte de los ilustrados, como equivalente de una «religión natural», o racional, que se apoya sólo en la razón y que oponen a una creencia en Dios basada en la revelación y los milagros, que rechazan, y alejada de la credulidad y la superchería. El contenido concreto de lo que el deísmo admite como propio o aceptable por la razón natural varía según las épocas y los autores.

En la Inglaterra  del siglo XVII y XVIII aparecen los primeros deístas: científicos, escritores y moralistas. Y también surge el término de  «librepensador».  Es la ciencia inglesa la que suministra la base de las posiciones deístas: la racionalidad  y el método  científico repercute filosóficamente en el problema del conocimiento de Dios y de su papel en el mundo natural: la obra de Newton tenía un mérito evidente: el mundo parecía de acuerdo con ella, una verdadera máquina, un maravilloso mecanismo en el que todo se explicaba sencillamente, a partir de tres o cuatro leyes generales. Un mundo así hacia necesaria no la intervención de una causa primera, sino una gran Inteligencia, el gran arquitecto, planificador de la máquina. Aparece el  argumento teológico argumento teológico de la existencia de Dios y su concepción como inteligencia planificadora del universo. Incluso defendía la intervención de Dios en el mantenimiento del impulso de los astros o en las corrección de la trayectoría de éstos cuando sufrían alteraciones como consecuencia de sus interacciones gravitatorias. A muchos filósofos ingleses les parecía haber encontrado a Dios por la vía racional de la mecánica y del conocimiento basado en la experiencia.

En Francia, el deísmo es la postura al menos inicial de los grandes enciclopedistas: Voltaire  se mantuvo siempre fiel a su deísmo (al que él llamaba, sin embargo, teísmo); d´Alembert y Diderot -quien define al deísta como el hombre que no ha vivido lo suficiente, o no sabe lo suficiente, para ser un ateo-, deístas en un comienzo, se convirtieron en materialistas ateos;  J.J.Rousseau  parece profesar un cierto deísmo en la «Profesión de fe de un vicario saboyano», del libro IV de Emilio, o de la educación (1762).

La mayoría de enciclopedistas restantes, d'Holbach, Helvétius, La Mettrie, Sade, Condillac, etc., partieron del deísmo para llegar al ateísmo materialista. Por lo común, en Francia, a diferencia de Inglaterra, el deísmo ataca al cristianismo o al teísmo en general por considerarlo parte de la ideología prerrevolucionaria o fruto de la superstición.
 

El mejor ejemplo de deísmo es, no obstante, en definitiva, Kant (ver cita) quien, en La religión dentro de los límites de la mera razón (1792-1794), sostiene que la única religión posible es la moral.

El deísmo halló un medio apropiado de difusión, aparte de las sectas que proliferan en esta época (antitrinitarios, unitaristas, socinianos, etc.) y del rechazo a la autoridad eclesiástica, en el desarrollo de las ciencias que logran explicar muchos de los fenómenos que anteriormente se explicaban mediante una intervención divina.
 


 

TEÓLOGOS, FILÓSOFOS Y CIENTÍFICOS INGLESES.  S.XVII.

“Cuando escribí mi tratado sobre nuestro sistema me fijaba en principios tales que pudieran beneficiar a hombres reflexivos para la creencia en una divinidad, y nada puede darme tanta alegría como ver que son útiles para tal fin”. Newton. Carta a Bentley.

 “Sin la gravedad todo el universo habría sido, si lo suponemos un poder indeterminado de movimiento infundido en la materia, un confuso caos, sin belleza ni orden, nunca estable ni permanente. Pero puede demostrarse (...) que la gravedad, el gran fundamento de todo mecanismo, no es en sí misma mecánica, sino el inmediato fiat y dedo de Dios, y la ejecución de una ley divina.” Bentley. Sermón IV.

“A veces usted habla de la gravedad como esencial e inherente a la materia: le ruego no me atribuya este concepto, porque la causa de la gravedad es cosa que nunca he afirmado conocer, y por lo tanto haría falta mucho más tiempo para tomarla en consideración”. Newton. Carta a Bentley.

“En cuanto a la gravitación, es imposible que sea coeterna y esencial a la materia, o adquirida de ella. No esencial y coeterna a la materia puesto que, en tal caso, también nuestro sistema habría sido eterno (si la gravedad hubiera podido formarle), en contra de la premisa de nuestros ateos y en contra de lo que hemos probado en nuestro último sermón. Efectivamente, si éstos fijan un momento concreto en el que la materia, saliendo del caos, se haya unido para formar nuestro sistema, tienen que afirmar también que antes de tal momento la materia gravitó eternamente, sin unirse, lo cual es absurdo. (Señor, pretendo incluir en el presente párrafo la cortés sugerencia que me habéis dado en vuestra última, de que el caos es incompatible con la hipótesis de la gravedad innata). Es más, es inconcebible que la inanimada materia bruta (sin impulso divino) opere y actúe sobre otra materia sin contacto mutuo, como debiera suceder si la gravitación es esencial e inherente a ella.” Bentley. Carta a Newton.

“La última frase (...) me gusta mucho. Es inconcebible que la inanimada materia bruta (sin la mediación de alguna otra cosa que no es materia) opere y actúe sobre otra materia sin mutuo contacto, como debería suceder si la gravitación en el sentido de Epicuro es esencial e inherente a ella. Y este es uno de los motivos por los cuales quería que no me atribuyeseis la gravedad innata. Para mí, el que la gravedad sea innata, inherente o esencial a la materia, de manera que un cuerpo pueda actuar sobre otro a distancia, a través de un vacuum y sin mediación alguna, donde su acción y fuerza pueda comunicarse del uno al otro, es un absurdo tan grande que, opino, ningún hombre dotado de una apropiada capacidad para reflexionar sobre argumentos filosóficos puede caer en él. La gravedad ha de ser causada por un agente que actúa constantemente según ciertas leyes, pero si dicho agente es material o inmaterial es cosa que dejo a la consideración de mis lectores”. Newton. Carta a Bentley.
“En segundo lugar, no conozco potencia natural alguna que pueda causar este movimiento (...) sin el brazo divino. Blondel nos dice (...) que (...) según Platón, el movimiento de los planetas es como el que se habría tenido si todos hubieran sido creados por Dios en alguna remota región de nuestro sistema y de ahí dejados caer hacia el sol, y nada más llegar a sus diversas órbitas su movimiento de caída hubiera derivado en una transversal; y esto es verdad si se supone que la fuerza gravitacional del sol se haya duplicado en el momento en el que todos llegaron a sus respectivas órbitas; pero entonces el poder divino es invocado aquí doblemente: para derivar el movimiento de descenso de los planetas en un movimiento lateral, y a la vez, para duplicar la potencia atractiva del sol. De tal manera que la gravedad podría poner en movimiento los planetas, pero sin el poder divino no habría podido imprimirles nunca el movimiento circular alrededor del sol, y por esto, como por otros motivos, me veo obligado a atribuir la estructura del sistema a un agente inteligente”. Newton. Carta a Bentley.

“Para formar este sistema con todos sus movimientos era necesario una Causa capaz de comprender y comparar la cantidad de materia del sol y los planetas, y las fuerzas gravitacionales que de ellos resultan, las distintas distancias de los planetas primarios al sol, y de los secundarios a Saturno, a Júpiter, a la Tierra, y las velocidades con las que los planetas podían girar a tales distancias alrededor de tales cantidades de materia de los cuerpos centrales. Y la comparación y la adaptación recíproca de todas estas cosas en una variedad tan grande de cuerpos, hace pensar que la causa no sea ciega y fortuita, sino expertisima en mecánica y geometría”. Bentley. Carta a Newton.

“(...) Lo mismo se diga de las velocidades de los planetas secundarios respecto a sus distancias al centro de sus órbitas y a las cantidades de materia de los cuerpos centrales. Ahora bien, que todas estas distancias y movimientos y cantidades de materia estén tan armoniosamente adaptados en la gran variedad de nuestro sistema, es cosa que supera los casos fortuitos de las ciegas causas materiales, y tiene que derivar, sin duda, de esa eterna fuente de sabiduría que es el creador del cielo y de la tierra, el cual actúa siempre geométricamente (... ) según exactos y adecuados números, pesos y medidas”. Bentley. Sermón VIII.
 



La  Filosofía en el tocador.

“Franceses, un esfuerzo más, si queréis ser republicanos”.

(...) Necesitamos un culto, y un culto hecho para el carácter de un republicano, que dista mucho de poder volver a adoptar el de Roma. En un siglo en el que estamos tan convencidos de que la religión ha de apoyarse sobre la moral, y no la moral sobre la religión, necesitamos una religión que concuerde con las costumbres, que sea como su desarrollo, como su consecuencia necesaria, y que, al elevar el alma, sea capaz de mantenerla permanentemente a la altura de esa preciosa libertad que actualmente constituye su único ídolo. (...) No, compatriotas, no, no lo creáis. Si desgraciadamente para él, el francés volviese a enterrarse en las tinieblas del cristianismo, por una parte el orgullo, la tiranía, el despotismo de los sacerdotes, vicios que siempre renacen en esta horda impura, y por otra parte la bajeza, la estrechez de miras, la insipidez de los dogmas y de los misterios de esta religión indigna y fabulosa, al embotar la altivez del alma republicana, pronto la volverían a poner bajo el yugo que su energía acaba de quebrar. (...) vosotros que tenéis el hacha en la mano, asestad el último golpe al árbol de la superstición; no os contentéis con podar sus ramas: desarraigad por completo una planta cuyos efectos son tan contagiosos; (...) Aniquilad, pues, para siempre todo lo que algún día puede destruir vuestra obra. (...) Golpead sin contemplaciones su cabeza altanera y temblorosa y que antes de dos meses el árbol de la libertad, proyecte su sombra sobre las ruinas de la cátedra de San Pedro y cubra con el peso de sus ramos victoriosos todos los despreciables ídolos del cristianismo, (...) Un republicano no ha de arrodillarse ante un ser imaginario ni ante un vil impostor; sus únicos dioses han de ser ahora el coraje y la libertad. (...) el ateísmo es el único sistema de toda la gente que sabe razonar. (...) ya no es posible entretener con ese sonajero a hombres libres. (...) Sí, ciudadanos, la religión es incoherente con el sistema de libertades; (...) Tengamos buenas leyes y podremos prescindir de la religión. (...) No, ya no queremos nada con un dios que perturba la naturaleza, que es el padre de la confusión, que mueve al hombre cuando éste se entrega a horrores; tal dios nos hace estremecer de indignación y lo relegamos para siempre al olvido, (...)

(...) Que no se dude de que las religiones son la cuna del despotismo; (...) En todos los tiempos, en todos los siglos, hubo entre el despotismo y la religión tal conexión que está demostrado por demás que al destruir uno se ha de socavar a la otra, por la sencilla razón de que el primero será siempre la ley de la segunda. (...) En seis meses todo habrá terminado: vuestro Dios infame estará en la nada; y todo esto sin dejar de ser justos, celosos de la estimación de los otros, sin dejar de temer la espada de la ley y de ser honestos, porque se habrá percibido que el verdadero amigo de la patria de ninguna manera ha de ser conducido por quimeras, (...) se habrá percibido que ni la esperanza frívola de un mundo mejor ni el miedo a males mayores que los que nos envía la naturaleza, han de conducir a un republicano, cuya única guía es la virtud y cuyo único freno es el remordimiento.

Las costumbres.

(...) Franceses, sois demasiado ilustrados como para no percibir que un nuevo Gobierno ha de exigir nuevas costumbres; es imposible que el ciudadano de un Estado libre se comporte como el esclavo de un rey déspota; (...)

(...) Los deberes del hombre se han considerado en todo tiempo en función de las tres relaciones siguientes:

-Los que su conciencia y su credulidad le imponen para con  el ser supremo;

-Los que están obligado a cumplir con sus hermanos;

-Por último, los que se relacionan con el mismo.

(...) La certidumbre que hemos de tener de que ningún dios tuvo nada que ver con nosotros y de que, criaturas exigidas por la naturaleza (...) estamos aquí porque era imposible que no lo estuviésemos, esta certidumbre elimina sin más, como puede verse, la primera parte de tales deberes, (...) junto con ellos desaparecen todos los delitos religiosos, (...) impiedad, sacrilegio, blasfemia, ateísmo, etc. (...) no debe promulgarse ninguna ley contra los delitos religiosos, porque quien ofende a una quimera a nada ofende,(...).

(...) los deberes del hombre, (...) que (...) lo vinculan con sus semejantes, (...) La moral cristiana, demasiado vaga acerca de las relaciones del hombre con sus semejantes, (...) llena de sofismas, (...) esa absurda moral nos dice que amemos al prójimo como a nosotros mismos. Indudablemente, nada sería más sublime, si fuese posible que lo falso pudiera tener alguna vez los rasgos de la belleza. No se trata de amar a los semejantes como a uno mismo, (...) sólo se trata de amar a nuestros semejantes como hermanos, como amigos que nos brinda la naturaleza, (...) Que la humanidad, la fraternidad y beneficencia nos prescriban según ello nuestros deberes recíprocos, y cumplámoslos individualmente sólo con el grado de energía que la naturaleza nos ha dado para esto, sin censurar y sobre todo sin castigar, (...) sería un absurdo palpable querer prescribir leyes universales; (...) aniquilar definitivamente la atrocidad de la pena de muerte, porque la ley que atenta contra la vida de un hombre es impracticable, injusta e inadmisible (...) la ley (no) puede legitimar la cruel acción del asesinato, (...) no hay peor cálculo que el de hacer morir a un hombre por haber matado a otro; el resultado de tal procedimiento es evidentemente que en lugar de un hombre tenemos dos menos; tal aritmética sólo puede resultarle normal a los verdugos o a los imbéciles. (...)

(...) el robo (...) os pregunto si acaso es muy justa la ley que ordena que el que nada tiene respete al que tiene todo. ¿Cuáles son los elementos del pacto social? ¿No consiste acaso en ceder un poco de su libertad y de sus propiedades para asegurar y mantener lo que se conserva de ambas? (...) un juramento ha de tener efectos iguales sobre todos los individuos que lo pronuncian; es imposible que pueda encadenar a quien no tiene ningún interés en su mantenimiento, porque en tal caso ya no se trataría del pacto de un pueblo libre: sería el arma del fuerte contra el débil, contra el cual éste debiera rebelarse continuamente; (...) Convencidos, como debéis estarlo, de esta bárbara desigualdad, no agravéis, pues, vuestra injusticia al castigar al que nada tiene, por haberse atrevido a quitarle algo a quien todo tiene: vuestro juramento desigual le otorga más que nunca tal derecho. (...)

(...) Nos queda hablar de los deberes del hombre hacia sí mismo. Como el filósofo sólo adopta esos deberes en la medida en que tienden a su placer o a su conservación, es totalmente inútil recomendarle que los practique y todavía más inútil imponerle penas si falta a los mismos. (...) suicidio (...)

(...) Hagamos pocas leyes, pero que sean buenas. No se trata de multiplicar los frenos: se trata sólo de conferir al que usamos una calidad indestructible. Que las leyes que promulgamos sólo tengan como meta la tranquilidad del ciudadano, su felicidad y el resplandor de la república. (...).
 

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