A los nuevos pianistas de 1810 les apasiona la precisión y potencia crecientes de los pianos ingleses, pero se quejan con razón, de la pesadez de su teclado. La ligereza es una característica de los pianos cuadrados, pero la amplitud y pureza del sonido sólo se encuentran en los pianos de cola. A estas alturas, nadie se atreve a tocar en público con un piano cuadrado, que es de escasas dimensiones. En cuanto a los vieneses, les falta estabilidad en el centro del macillo, montado sobre la misma tecla. La calada es aquí corta, por lo que es ligero, pero la repetición suena algo a martilleo. De forma general, sean ingleses, franceses o alemanes, los pianos de la época tienen todavía importantes carencias de homogeneidad: la parte central es tenue, y la amplitud de los graves no compensa la fragilidad de los agudos. Los puntos coincidentes son: el uso de pedales en vez de las antiguas tiras y la tensión de tres cuerdas por nota en los registros centrales y agudo.
 Pero es poco, se quiere más de todo: potencia, brillantez, ligereza, igualdad, ataque, resonancia, mayor control de los matices y también más notas. Esto último pronto es satisfecho: los primeros pianoforte que tocó Clementi tenían usualmente cinco octavas, añadiéndoles media hacia 1795, para llegar a 6 en 1810 con John Broadwood o Erard. Hay que esperar a 1850 para que el piano de cola abarque las siete octavas más una tercera menos, o lo que es lo mismo: 88 teclas. Incluso más, el piano Bösendorfer imperial tiene ocho octavas, pero dado que su uso no ha sido generalizado, suele contar con una tapa que oculta las teclas más graves con el fin de no "despistar" al pianista.
Las investigaciones se dirigen a los macillos y la tensión de las cuerdas. Jean-Henri Pape tiene la idea en 1826 de cubrir los macillos con fieltro duro en vez de piel, que perdura hasta el día de hoy. Después de incorporar tres cuerdas, se probó con una cuarta, pero sin resultado notable. Al aumentar el nº de cuerdas y su masa, se incrementa la tracción ejercida sobre el marco: es preciso su refuerzo. Mientras que los pianos de Cristofori o Silbermann son todavía de madera, hacia principios de siglo se encuentran ya los refuerzos de hierro. Así nos encontramos con que el gran pianista romántico Franz Liszt tiene en 1830 un instrumento con mayor brillantez en los agudos que el de Beethoven de 1810. En 1820 y en Norteamérica, se intenta fundir un marco de hierro en una sola pieza: Alpheus Babcock realizó el primer piano cuadrado de este tipo en 1825. Aún es un experimento, y éste no logra cruzar el Atlántico hasta la Exposición de 1867 en la que Steinway lo incorpora definitivamente. Otro hecho relativo a la potencia es que los apagadores, que hasta el momento recubrían todas las cuerdas sin excepción, son retirados de los sobreagudos, siendo definitivo en 1830. Esto es posible ya que la duración del sonido de una cuerda aguda extrema es muy corta y por tanto, no es necesario extinguir su sonido, ya que rápidamente decae. En cambio, en el otro extremo, en las notas más graves es totalmente imprescindible, ya que si se percute fuertemente la tecla ésta puede llegar a durar más de un minuto. (Podemos hacer notar aquí, que la duración del sonido va en relación directa con la calidad).
Sebastian Erard tiene la idea más brillante. Modifica el mecanismo de Cristofori en cuanto al escape se refiere, y pone a punto en 1823 un sistema de repetición muy ingenioso: consigue un reataque a medio camino de la tecla, es decir, el pianista no tiene que volver a levantar completamente la tecla para pueda escucharse de nuevo, sólo tiene que recorrer la mitad de la calada. Este reataque, modificado constantemente para reforzar su resistencia, es el que todavía se utiliza en los pianos de cola actuales. Erard consiguió el entusiasmo de los pianistas de su época, y en particular la del joven Liszt que siempre procuró tocar en sus instrumentos.
Paralelamente a esta brillante y animada carrera del gran cola de concierto, el mercado de pianos cuadrados destinados a los aficionados y a los salones no cesa de crecer. Algunos constructores han realizado prototipos de un piano "vertical" heredero de los primeros pianos "jirafa".
Entre 1800 y 1830, la búsqueda de efectos nuevos y el nuevo gusto por la potencia sonora llevan a los constructores a consagrar una parte importante de su actividad a la fabricación de pianos provistos de un gran número de pedales (hasta 6 o más) que producen un efecto percusivo o desencadenan una deformación característica del timbre: fagot -obtenido sobre todo en los graves por la resonancia de un trozo de papel sobre la cuerda-, flauta, tamboril, campana, triángulo, etc. Estos pedales se llamaban "Janissaires" porque querían imitar el sonido de las fanfarrias de la infantería turca. Un pianista célebre, Daniel Steibelt, actuaba a menudo con estos pianos y se dice que provocaba un gran entusiasmo en el público. Los compositores más importantes de la época no desdeñaban en absoluto estos instrumentos ligeramente excéntricos que desaparecieron lentamente a partir de 1830.
A partir de esta fecha se inicia verdaderamente la era de la industrialización, con una infraestructura importante hacia mediados de siglo. El pianoforte ha vencido con un éxito aplastante. Las manos de los pianistas se han acostumbrado al mecanismo de escape de Erard y el público al gran cola de concierto. En 1850, Pleyel sólo había producido unos 2.100 pianos, pero en 1870 alcanzó el nº de 47.500, sobrepasando por poco a los Erard. Esta progresión es claramente espectacular para la época y constituye el primer gran boom de la producción mundial de pianos.
Entre 1860 y 1870 el piano de cola experimenta más refinamientos que cambios decisivos. Cada constructor añade un toque personal a un tipo ya bien definido: chasis en hierro fundido de una sola pieza, macillos con fieltro duro, gran homogeneidad de registro obtenida por una mayor tensión en las cuerdas, tesitura extendida a siete octavas más una tercera menor (la-1/do7 ,registro estándar actual de 88 teclas) y mecanismo de repetición en el fondo de la tecla, adaptado de los pianos Erard.
La inspiración de los constructores se ha nutrido a lo largo de la historia de tres deseos: embellecer el mueble considerando aparte su utilización musical, transformar el sonido percutido en sostenido, y finalmente cambiar el teclado. Como curiosidad podemos destacar que en 1866, Hess inventa el piano convertible en cama y escritorio provisto de taburete-mesa ¡!. Muchos son los inventos de los que podemos mencionar: teclado transpositor con pedales, teclado con glisando automático, e incluso el piano en cuartos de tono: en 1930 Wischnegradzky presenta un piano vertical con tres teclados con distintas afinaciones, el central afinado a tono, el inferior en un cuarto de tono bajo, y el superior en un cuarto de tono alto.