LA ELECTRICIDAD 

 

 

 

 

 

 


Botella de Leyden

 

 

 

 

Electrómetros de Volta

 

 

 

Ecuación matemática que recoge la ley de Coulomb, y que nos permite conocer la fuerza con que se atraen o repelen dos cargas eléctricas en cualquier punto del espacio.

 

Alessandro Volta

 

La electricidad fue en sus comienzos casi un juego, un divertimento, aunque sus manifestaciones atrajeran grandemente la atención por lo que tenían de "mágicas" y espectaculares.

Se conocían desde muy antiguo los efectos de electrización producidos por frotación entre diversos cuerpos, incluso se conocía la conductividad eléctrica. En efecto, en 1729 Stephen Gray (1666-1736), anunció tras experimentar en Cambridge, que la "virtud atractiva" era transportable a distancia por ciertos metales. Más sistemático y racionalista que Gray, el francés Charles François de Cisternay Du Fay, explota el fenómeno de la conductividad hasta sus límites experimentales y va más allá, al proponer la existencia de dos tipos de electricidad, una "vítrea" y otra "resinosa".

Ante la necesidad de explicar los fenómenos eléctricos, se recorre de nuevo, como se hizo en otras ramas de la ciencia, a la suposición existencial de dos fluidos eléctricos, responsables de los dos tipos de electricidad conocidos. En este contexto de teorías fluidistas, va a producirse un descubrimiento que, de alguna forma, justificaría la existencia de los fluidos eléctricos. En 1745, el holandés Pedro Van Musschenbroeck (1692-1761) experimentaba en la ciudad de Leyden con una botella llena de agua y cerrda con un tapón atravesado por una varilla metálica que había sido enganchada al conductor de una máquina eléctrica. Cuando al ser descolgada por un ayudante, éste sufrió una gran sacudida, se demostró que en la botella se había acumulado electricidad. Había nacido así la botella de Leyden, que pronto se hizo popular entre los interesados por estos fenómenos y que sucesivamente perfeccionarían hasta quedar configurada como un vidrio delgado revestido de una lámina de estaño de la que salía una varilla metálica terminada en una esfera. Se trataba sencillamente de un condensador eléctrico.

Tras estos primeros pasos, ya a mediados del siglo XVIII, los intentos de medir la "virtud eléctrica" condujeron a los electrómetros. Con ellos comenzó la teoría matemática de la electricidad. Los primeros pasos fueron dados por un americano, Benjamín Franklin (1706-1790), descubridor del pararrayos en 1752, y autor de una nueva teoría, la del fluido único, que en exceso o en defecto de su valor normal en los cuerpos, producía los efectos eléctricos.

En buena lógica newtoniana, faltaba determinar con precisión la fuerza con que se atraían las diferentes cargas. A ello se dedica, entre otras cosas, el francés Charles Augustin Coulomb (1736-1806) quien establece la ley que lleva su nombre. La ley de atracción y repulsión entre cargas permitió aplicar inmediatamente a la electricidad los potentes medios que el análisis matemático había desarrollado para la mecánica.

Fiel al espíritu de la Ilustración, la electricidad comenzó pronto a ser utilizada de modo práctico. Sin embargo, la verdadera utilización práctica de la electricidad no fue posible hasta el descubrimiento de la corriente eléctrica y como producirla. En este campo destaca Alessandro Volta (1745-1827), inventor de la pila eléctrica.  

 

 

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